Argentina ganó su tercera copa y una multitud animada por los mejores deseos se autoconvocó en la fiesta más grande y pluriclasista que jamás pudimos imaginar. ¿Por qué es imposible capitalizar políticamente la movilización popular? La relación entre sociedad y estado cambió: no estamos en 1986. La política no pudo ofrecernos siquiera la fantasía de un lugar común. Los políticos hicieron dedo en la ruta y la selección siguió de largo con su ómnibus cargado de conciencia colectiva.
La alegría es infinita. Hacer realidad que Argentina ganara el mundial exigía el festejo. Si no lo hacíamos íbamos a tener, por años, insomnios y pesadillas en las que al Dibu Martinez se le escapaba la pelota que le atajó a Kolo Muani.
Si se analizan los últimos 50 años de mundiales, Argentina es una de las dos, si no la primera potencia futbolística del planeta (cinco finales, tres copas mundiales, jugadores y técnicos de primer nivel brillando en los principales clubes del mundo, los dos más grandes jugadores de las últimas décadas). Pero para nosotros era como la única vez en siglos de sed eterna. Hay algo de nuestras heridas y auto denigraciones que se manifiesta en la relativa naturalización de esa característica extraordinaria de nuestro fútbol y en este desahogo. Pero también exigía el festejo, el entusiasmo que fue creciendo de a poco en las casas y las familias y no se podía contener más en el living o en la plaza del barrio. ¿Dónde más salir de uno mismo? ¿Dónde más compartir lo único que sabíamos que podíamos compartir?
Fue un recital diurno. Todos en la misma fiesta, cada uno con su mambo: a veces en coreografía, a veces bailando solos, a veces con el grupo de referencia más cercano (la pareja, la familia, los vecinos, los que caminan al lado). La comunidad de la fiesta más grande que jamás tuvimos ni pudimos imaginar. Una composición social tan inusitada como la cantidad.
El elenco permanente de los movilizados sociopolíticos podrá abarcar dos millones y medio de personas. Acá había más del doble de ese número y eso implicaba otra gente; había quienes incluso no sabían dónde estaba la Casa Rosada. Pluriclasista con énfasis en todas las gamas de las clases medias, mayoría de sub 40 y de jóvenes (los que resisten ese sol y tenían el incentivo adicional de no haber presenciado el campeonato del 86).
Y todo salió bien gracias a eso: no se trataba de marcarle la cancha a nadie y, tampoco, de ocupar el lugar de privilegio antes que otro. También ayudó el hecho de que el evento no tuviese, por deficiencias más que por estrategia, una asignación cronogramada de espacios.
La afluencia femenina, un dato desde hace lustros, no ha sido una simple integración sino una transformación del fútbol: no solo porque las mujeres hinchan por alguien o “pueden hablar de fútbol” con el rigor que se autoasignaban los hombres, sino porque también han incorporado o legitimado otros temas que los hombres ponían en juego tácitamente: la admiración a otros hombres, las vetas estéticas, las historias de las personas. ¿Espectacularización del fútbol y desnaturalización? ¡A Adorno y Humboldt con ese cuento!
Si pudo haber salido mal y un dios aparte nos salvó fue, en parte, porque la multitud estuvo animada por los mejores deseos y porque se complementó con el uso sabio de redes y comunicaciones: la gente iba de un lado a otro, sin bronca y sin decepciones irreversibles, buscando espacios libres en vez de apretujamientos que en las condiciones que reveló el evento pudieron haber sido trágicas. Estamos viviendo una transición que se insinúa en las últimas décadas en que casi cualquiera puede llenar la Plaza de Mayo anudando una demografía ampliada, redes sociales, influencers de todo tipo y organizaciones de las más variadas layas. Pero lo de esta vez fue de una escala superior que hace ver el desacople entre urbe, dinámicas de la movilización social y capacidad estatal y política de prever. Como con el primer IFE en la pandemia, pero menos dramáticamente, el número fue desbordante para un Estado y un sistema político que no tiene las antenas funcionando a pleno y en el que las zancadillas entre la nación, las provincias y la ciudad estrecharon la visión de la torre de control. En ese sentido el evento ha sido revelador de los límites logísticos del estado. Tampoco es que la estatalidad falló de forma total: solo se trata, y no es menor, de que ante este tipo de realidades emergentes, imprevisibles para un estado que perdió capacidad de visión y cálculo de algunas variables básicas de la vida social, todo es una sorpresa.
A los millones de movilizados en fiesta se sumaron decenas de miles de la sociedad política ampliada y de los dirigentes que quisieron morder en el evento desde todos los ángulos imaginables. Tentativas de capitalización, trampas a esas tentativas, festejos de supuestos errores para erosionar al enemigo. Todas y cada una de estas intentonas, dignas de las clásicas batallas entre villanos fracasados y animales huidizos que aparecen en los dibujos animados, son la evidencia de la distancia entre el personal político y la sociedad civil. Muestran también la ignorancia de algo que ya debería saberse en esos grupos sociales: que “la gente” distingue fútbol y política. Los políticos (que no saben del rechazo que causan en la sociedad ni de la superficialidad de sus percepciones) hacían dedo en la ruta y la selección (que sí sabe algo de todo esto) siguió de largo con su ómnibus cargado de conciencia colectiva. No por nada no pegó ni una sola de las tentativas de entonar cantos políticos en la concentración y los jugadores de la Selección no cedieron a la idea de que esto era como en el 86. ¿Y saben por qué no lo era? Porque para mal o para bien la relación entre política, sociedad y estado ha variado en estos 36 años. Y porque lo que se llama autocomplaciente y engoladamente “antipolítica”, para una parte de la población (la que está fuera del alcance del periscopio) es bronca con el gobierno, con las mímicas de estado, con la faccionalización y la casi inviabilidad de la moneda. Y no se trata del abstencionismo, falsa conciencia o irresponsabilidad de los jugadores que tampoco se sacaron fotos con Macri a pesar de haberlo tenido cerca en Qatar durante 40 días, y que cuando las condiciones fueron propicias acompañaron a las Abuelas de Plaza de Mayo en 2014. Simplemente no es obvio que la política ofrezca a la ciudadanía siquiera la fantasía de un lugar común.
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