El fulgor de las lenguas que se van

El antropólogo Javier Domingo recorre el mundo en busca de personas que guardan un tesoro intangible: los rescoldos de idiomas que desaparecen al calor del avance de una colonización que continúa por otros medios. En cada rastreo asoman las trazas de algo más que sonidos y gramáticas: resurgen universos que, como animales silvestres, piden paciencia y entrega para empezar a salir.

 José Esses

 Brenda Greco

Todo empezó en 1992 en el Congreso Internacional de la Lingüística en Quebec, Canadá. Un manifiesto advertía que había “lenguas en peligro” y que la desaparición de cualquiera de ellas implicaba una pérdida irreparable para la humanidad. Llamaba a implementar programas y acciones para rescatarlas, se impulsaba la edición de diccionarios, la elaboración de gramáticas, el análisis de sistemas fonológicos, sintácticos y semánticos: las instituciones académicas debían poner todos sus recursos a disposición de esta causa. El texto terminaba con un listado de lenguas en peligro junto a, ordenado en cuenta regresiva, la cantidad de hablantes que quedaba de cada una. Con el muro recién caído, la globalización tomaba forma y el idioma inglés se expandía a través de métodos, academias e industrias culturales. A las pocas semanas de finalizado el congreso murió, a los 93 años, el único speaker de la lengua que aparecía en último lugar. Se encendieron las alarmas, era hora de salvarlas.

Por entonces, el etnolingüista Javier Domingo vivía en Italia e investigaba sobre una lengua del Cáucaso. Un profesor le preguntó por qué no buscaba una problemática que le fuera más familiar, por ejemplo de su Patagonia natal. Domingo, que ya había investigado sobre el tehuelche, encontró un programa de revitalización lingüística que giraba alrededor de Dora Manchado, la última hablante. Viajó a la Patagonia, se instaló durante unos meses y allí comenzó esta aventura. Fue la primera de sus cinco experiencias con últimos hablantes. Domingo se convirtió en un especialista en lenguas indígenas que ya casi nadie habla. Además del tehuelche, aprendió el yagán en Tierra del Fuego gracias a Cristina Calderón y el chaná, cerca de Paraná, a través de Blas Jaime. En La Macarena, Colombia, Sixto Muñoz le enseñó eltinigua. Viajó hasta Tabasco, México, para ponerse en contacto con Manuel Segovia e Isidro Velázquez, los últimos hablantes de ayapaneco que, supuestamente, no se dirigían la palabra entre sí. En algunos de esos lugares se formaron grupos que continuaron su trabajo y se encargan de mantener esas lenguas y difundirlas. ¿Cómo hace Javier para adaptarse a cada una de esas realidades, a cada hablante? Por empezar, no llega con un cartel con un perro dibujado y pregunta por la palabra correspondiente, todo lo contrario, se ocupa de crear un vínculo para que el intercambio alrededor de la lengua no sea forzado ni pedagógico.

Quizás no muy apegado a los manuales de etnografía, a los speakers les cocina, los ayuda con trámites y con tareas domésticas. En otras palabras, se pone a disposición de ellos, habilita una zona afectiva como parte del trabajo de campo. Javier absorbe las lenguas a través de sus interlocutores sin perder de vista el entorno ambiental, el contexto político, la historia. También las industrias que crecieron alrededor de las comunidades campesinas y que, así como arrasaron con tierras o secaron ríos, también desmalezaron lenguas, costumbres en las que se compartía un idioma. Su desafío, entonces, no comienza en copiar la pronunciación, ni en aprender la gramática, ni la escritura, sino en encontrar una dinámica que proponga cierta horizontalidad y que genere una confianza en la que por un rato él deja de ser un lingüista que llega a contrarreloj a salvar una lengua, el speaker se olvida de la responsabilidad que le implica este nuevo rol (no tan elegido, por cierto) y, casi sin darse cuenta, conversan en un idioma que nadie más podría entender.

el último hablante

Para Domingo no hay último hablante sin un espectador, que en este caso es un experto en lenguas, que maneja un archivo y ciertas expectativas de autenticidad. No busca al “último” para verificar su existencia sino para seguir (y documentar) los efectos que genera su aparición. Sus investigaciones no tratan exactamente de entender por qué una lengua se perdió sino de invertir el orden de las cosas y preguntar cómo fue posible que esa gente la haya seguido hablando en medio de las dificultades que atravesaron, ya sea en la selva colombiana o en Tierra del Fuego. Cree que, en general, la exclusión social los llevó a mantener su lengua. Pero una cosa es la teoría y otra muy distinta la vida real, con personas que, más allá de poseer el tesoro de su lengua, al recibir una visita, sienten, se sorprenden, se avergüenzan. La escena se repite en todos los países: Javier llega y los speakers están solos, aburridos, mirando por la ventana. Los vecinos saben de su condición pero nadie se acerca ni les habla más que lo justo. “Les encanta que alguien venga y les charle un poco. Al segundo día me saludan en lengua, quizás no la usan con su comunidad pero están contentos del momento de prestigio que viven. En todos los casos fue igual: llego cargado de comida, me pongo a preparar, a limpiar, compro los remedios. Siempre se crea un vínculo de mucha emoción”, cuenta.

Domingo va a buscar a estos hablantes hasta sus pueblos, a veces en zonas muy alejadas de terminales y aeropuertos. Se encuentra con gente que sufrió la discriminación, que fue marginada por su origen. Por ejemplo, Don Sixto, en Colombia, vio morir a sus padres y a sus hermanos, todos fusilados por ser indios. ¿Qué valor tiene la lengua indígena para estas personas? Allí, alrededor del río Orinoco, la industria del caucho causó el asesinato de muchos tiniguas a la hora de instalarse. Años después llegaron las plantaciones de marihuana para vender en California, luego la cocaína, más tarde la guerrilla, el ejército y, ahora, el turismo. Don Sixto vio todo el proceso y con los años simplemente fue perdiendo interlocutores: no quedó nadie que hablara el tinigua. Vive en la pobreza, relegado. Todo eso no pasa desapercibido para el etnolingüista, que lidia con cierta vergüenza en el territorio y que incluye en sus trabajos críticas a funcionarios, lingüistas y aquellos que se acercan a los mismos lugares que él pero con fines meramente extractivos.

Las lenguas, descubrió, no tienen un valor fijo, sino que es variable. Para los indígenas y su descendencia a veces es un punto del que alejarse porque puede ser un estigma, una señal de que se proviene de un lugar muy pobre, peligroso. Los lingüistas, en cambio, se acercan, atraídos por la misma razón. Domingo llegó a distintos países para preservar signos, palabras y sonidos con el apoyo de autoridades que sostuvieron sus investigaciones. Para eso debió presentar proyectos, justificaciones metodológicas, planes de trabajo, aunque él, sinceramente, cree que es engañoso llegar a pensar si una lengua sirve para algo o no y por qué vale la pena rescatarla. Las lenguas, en definitiva, dice, se mueren cuando muere su razón social. Se pierden núcleos sociales, se abandonan prácticas, rituales, se extinguen animales que ya no hay que mencionar: por todo eso desaparecen las lenguas.

Cuando en 2019 llegó a México para ocuparse del casoayapaneco, en el que los dos últimos speakers no se hablaban entre sí, se sorprendió al descubrir que aquello que se presentaba como un ejemplo emblemático de una lengua en peligro apenas despertaba el interés entre los colegas locales. Esa estancia de investigación coincidió con el inicio de la Década Internacional de las Lenguas Indígenas proclamada por la Unesco y que tenía a la Ciudad de México como centro. Activistas, académicos, escritores, hablantes y funcionarios participaban de conferencias, lecturas de poesía en lenguas indígenas, presentaciones de libros, cocktails y rituales durante los cuales nadie parecía escuchar las alarmas por la posible extinción del ayapaneco. El hecho de que la lengua dejara de usarse porque los hablantes ya no tenían contacto entre ellos quedaba perdido en medio conferencias, teorías, eventos. Nadie, señala Domingo, pensaba en ir al campo a intentar que los protagonistas encontraran alguna actividad en común que les permitiera volver a compartir la lengua.

Más que como una representación trágica o como un objeto frágil al que hay que cuidar, Domingo aborda la figura del último hablante como una categoría inventada, eficaz y productiva, que transforma no solo al protagonista, sino también a quienes lo nombran, lo observan, lo celebran o lo documentan. “El último hablante no es simplemente quien aún habla sino quien concentra en su figura una serie de operaciones disímiles: consagración pública, mediatización simbólica, activación disciplinaria, desplazamiento comunitario, circulación patrimonial y reordenamiento institucional. Es un tipo de persona que, más allá de su historia personal y comunitaria, es producido por las condiciones modernas. Su existencia no depende exactamente de su lengua sino del sistema que lo lanza como signo”, explica Javier.

¿Qué sucede entonces cuando llega el momento tan temido, la inevitable muerte del último hablante?Sin su cuerpo, a través de distintos métodos, lo que puede resucitar es el espíritu de la lengua. Los materiales que Domingo preparó con ellos pasan a ser vistos como reliquias: hay quien los ve y se pone a llorar. Eso no tiene una traducción directa en hechos, no quiere decir que la lengua ahora se use cotidianamente. Mucha gente que siente una conexión afectiva con la lengua, después de algunas clases, lecturas o encuentros, solo sabe palabras sueltas, pero eso no importa, “la usan para otras cosas”, dice Domingo, como en la película Coco, para continuar una historia. “Manejar esos tesoros lingüísticos implica una gran responsabilidad. El primer gran desafío es cómo se rescatan las palabras y, después, qué significa la devolución con la comunidad. Para mí es una papa caliente, por ejemplo, con eltehuelche, porque yo lo aprendí y no hay ahora gente que lo hable, entonces la responsabilidad de cuidar la lengua cae sobre mí”.

tesoros en los pliegues

Al principio de esta nota decíamos que un plan de salvataje de lenguas originarias fue lanzado en 1992. Sin embargo Domingo encontró materiales, olvidados en distintas bibliotecas europeas, en los que ya a comienzos del siglo XIX se advertía la inminente extinción de ciertos idiomas. Por momentos él se siente un Indiana Jones de la lingüística y del rescate académico, porque, a su entender, grandes tesoros ha encontrado en esos agujeros del saber. Se trata de libros, mapas, gráficos en los que pueden descubrirse las distintas ideologías que han señalado el destino de estas lenguas y de sus hablantes.

Investigadores, mayormente italianos y alemanes, se ocuparon de dar esos avisos que casi nadie advirtió pese a haber sido publicados. En esas bibliotecas también se encontró con casos opuestos, en los que la ciencia no siempre llega a tiempo; por ejemplo, hasta 1970 no se había formalizado el registro de la existencia del ayapaneco, la lengua que fue a investigar a México. ¿Es que no la habían “descubierto”? El primer catálogo de lenguas mexicanas, de 1860, dice que en esa zona, en Tabasco, donde años después se instalaron Chiquita Banana y Texaco, se hablaba zoque.

Según Domingo, los zoques fueron “el último orejón del tarro”; despreciados por todos los pueblos indígenas, se casaron siempre entre ellos, muchos trabajaban como mulas de carga, incluso algunos llevando humanos. “Vi un registro de un antropólogo francés de 1857 que aparecía sentado en una especie de mochila que era cargada por un zoque. Doscientos años después los niños de Ayapa reciben a alguien como yo y les enseño una lengua que ellos no saben y las madres me preguntan si aprenden bien el inglés porque ellos a su propia lengua así le dicen, inglés. Ese es el fruto de que haya habido tanto gringo que se interesó por su lengua”.

a la lengua se la gana

Pese a no haber armado el currículum correspondiente y sin haberse postulado, la condición de último hablante pasa a ser un trabajo. Por empezar, todos tienen manager, alguien que les organiza la agenda, las entrevistas. Doña Cristina, en Tierra del Fuego, fue la más mediatizada de todas con las que trabajó, su fallecimiento apareció en la prensa de todo el mundo. Ella fue receptiva y cálida pero no quería usar la lengua. Un día su nieta encontró a Javier en el centro del pueblo y le dijo que su abuela estaba sola y que lo estaba esperando. Por entonces tenía 93 años. Compró comida, fue a su casa y Doña Cristina, igual que todos los speakers, lo sorprendió con todo lo que comía. Esa fue una puerta de entrada: se la ganó por el estómago, además le limpiaba la casa, pero nunca había un momento en el que compartían la lengua buscada. Notó que le gustaban los dulces, así que tuvo una idea cuando en la calle, cerca del hotel, encontró una mata de grosellas. Agarró un montón y las llevó a la casa de la Doña. Javier empezó a hacer la mermelada, ella la probó y le encantó. Quedaron tres frascos. Doña Cristina solía recibir turistas que se sacaban una foto y generalmente le dejaban alguna donación. Ella le dijo: “Vamos a vender esta mermelada y vamos a decir que fue hecha por la última hablante”. Qué buena idea, cómo le ponemos, le preguntó Javier. “Shaina”, respondió. ¿Qué quiere decir? Robada. “Eso es lengua, hay complicidad, algo en común y entonces la lengua aparece. Si les vas preguntando cada palabra suelta, puede ser que respondan, porque están acostumbrados a obedecer al hombre blanco, pero así no se transmite una lengua”.

El vínculo con Dora, la última hablantetehuelche, fue el más cercano, afectuoso y prolongado en el tiempo. Dónde terminaba la vida cotidiana compartida y cuándo empezaba el trabajo de campo se había vuelto imposible de distinguir. Una vez la fue a visitar por pocos días por un problema de salud que tenía ella. No quería ir con un médico porque decía que la trataban mal, prefería ver un curandero que alguna vez ya había consultado y que vivía en Punta Arenas, en Chile. Domingo alquiló un auto, ya en el hotel pidió que le recomendaran a alguien. Le pagó por adelantado y le rogó que por favor le dijera a Dora que tenía que ir al hospital. Cuando la revisó, hizo caso: le dijo que fuera urgente a atenderse. Le puso unos imanes en la zona afectada e intercambiaron cosas que Javier no entendió. A la salida, fueron a cenar, después Dora pidió ir al shopping y quiso llevar dos blusas para su hija. Domingo, en tehuelche, le dijo que no, que todavía no tenía financiamiento de ninguna universidad, que las tenía que pagar de su bolsillo. Ella no lo aceptó, se puso a protestar y él finalmente compró las dos blusas. También tuvo que pagar por una cajita de fósforos que tenía un copihue, la flor nacional de Chile, que Dora eligió a último momento. Volvieron a Argentina, bajó los bolsos y ella, mientras él acomodaba todo, le pidió que hiciera un té. Javier no encontraba los fósforos, ella le tiró la cajita con el copihue y le dijo: “Oowe se llaman estos”. En ese momento pensó en escribir un artículo que se llamara “Cuánto me costó la palabra ‘fósforo’”. La lengua, además de ser un punto de encuentro, se transforma en una mercancía que negocian ellos dos, el hablante que trae ese saber desde el pasado y el investigador que le ofrece un futuro. Lo que no está del todo dicho es que ese futuro llegará cuando muera el hablante, y esa variable no siempre es fácil de metabolizar.

Domingo llegó a los speakers a través de planes oficiales, de acuerdos entre instituciones, con apoyo de universidades de distintas partes del mundo. ¿De qué maneras ha continuado en esos lugares el trabajo con la lengua sin el speaker,sin su presencia y sin esos presupuestos oficiales? Tal vez porque nació cerca o porque fue donde tuvo la estadía más larga, la comunidad con la que más diálogo mantiene a la distancia es la aonekkenk (tehuelche). En marzo de 2025, en Río Gallegos, se presentó oficialmente la Fundación Wenai SH E Pekk (“acá estoy” en aonekkenk), que ya llevaba varios años realizando actividades y difundiendo la lengua a través de publicaciones y charlas en las escuelas. Con financiamiento obtenido a través de crowdfunding, publicaron un diccionario que llevan ellos mismos a las bibliotecas. También arman stands en ferias del libro, conmemoraciones de fechas importantes y encuentros lúdicos con chicos. Digitalizaron libros, fotos, materiales de consulta con el objetivo de que la lengua sea lo más accesible posible y así atraer a los curiosos. Javier se mantiene en contacto con todas las comunidades con las que trabajó y está a disposición para resolver distintos problemas o para el lanzamiento de diccionarios y materiales por el estilo. Después de haber conocido a las familias de los speakers, sus contextos, tras haber intentado “reactivar” la lengua en situaciones cotidianas, vuelve la pregunta por la eficacia de la investigación: ¿qué resultados obtiene de estas aventuras lingüísticas, difíciles de financiar y de sostener? “Muchas veces me llevo la culpa de que esto al final no funcionó. Uno se va y todo sigue más o menos igual. El cuento de Borges El acercamiento a Almotásim retrata una especie de Buda y el protagonista persigue los pasos de este príncipe persa. “Fui siguiendo las trazas de este hombre a través del reflejo que dejó en los demás”, dice». Algo parecido siento con respecto a mi búsqueda de los últimos hablantes. La historia de Borges termina con que descubre una cortina y ve una fuerte luz blanca. En mi caso, corrí la cortina y estaban Don Manuel Segovia, Isidro Velázquez, Dora Manchado, Cristina Calderón, Sixto Muñoz, solos, mirando por la ventana”.

Revista Crisis

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