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Lun 16 de Septiembre de 2019

Sacrificar la Antártida para salvar el capitalismo

La Antártida, el casquete La Antártida polar del hemisferio sur, se está derritiendo. Cada vez más rápido, debido al caos climático provocado por el capitalismo industrial. Esto provoca el aumento global del nivel del mar, que en el curso de un siglo podría alcanzar tres metros, cubriendo países insulares e inundando ciudades costeras. Por Silvia Ribeiro.

Esto y otras catástrofes en curso deberían causar que los gobiernos, especialmente los del Norte global que son los principales culpables, tomaran medidas claras y enérgicas que detuvieran las causas del cambio climático. En lugar de ello siguen surgiendo, como proyectos científicos serios, las propuestas más descabelladas de geoingeniería: manipular a gran escala los sistemas de la Tierra para solamente aliviar los síntomas del cambio climático.

Para supuestamente salvar ciudades como New York, Shangai, Tokyo o Calcuta, un equipo de científicos del Instituto Postdam de investigación sobre el impacto climático, financiado por el gobierno alemán, propuso el 18 de julio de este año un nuevo megaproyecto de geoingeniería. Miles de cañones arrojarían desde el mar 74 billones de toneladas de nieve artificial sobre los glaciares Isla Pine y Thwaites, en la Antártida occidental, para ralentizar su derretimiento. Es un territorio no reclamado por ningún país, según el Tratado Antártico, vecino a la Antártida chilena y argentina.

Esos glaciares están en la zona crítica de derretimiento del hielo, que en la Antártida se debe principalmente al calentamiento del mar, que está derritiendo su base submarina. No es un proceso lineal, sino que a cierto punto el derretimiento desencadena más vulnerabilidad y se acelera, algo que ya se está observando.

Para intentar detener esto la propuesta de este grupo de científicos es crear nieve artificial por decenas de billones de toneladas, lanzarla con cañones que alcancen arriba de 640 metros para superar la altura de los glaciares y depositarla a un ritmo de 10 metros anuales de nieve sobre una superficie de 52 mil kilómetros cuadrados (como toda Costa Rica o más del doble de El Salvador) durante al menos 10 años. O más, si el cambio climático continúa.

La nieve artificial se crearía con agua bombeada del océano, que primero habría que desalinizar y lograr que se mantuviera como nieve o hielo hasta que se integre a los glaciares. Todo el proceso demandaría cantidades ingentes de energía, parte de la cual proponen sea provista por 12 mil generadores eólicos en el mar, pero reconocen que esto es sólo para hacer la nieve artificial y lanzarla. No incluye la construcción de las instalaciones ni la demanda energética para desalinizar, lo cual es esencial, ya que si se hiciera con agua salada tendría serios efectos negativos en los flujos dinámicos de la capa de hielo, ni de otras fases relacionadas con el proceso, todo en condiciones extremadamente duras.

La instalación de la infraestructura de energía y cañones tendría efectos devastadores en la fauna. Los científicos que hacen la propuesta admiten que conlleva enormes impactos negativos sobre el ecosistema y especies marinas. De hecho, lo refieren como sacrificar la Antártida para salvar grandes ciudades.

Reconocen, además, grandes incertidumbres sobre otros posibles efectos; por ejemplo, no toman en cuenta en el estudio el calentamiento adicional de la atmósfera si la temperatura sigue aumentado, ni que al remover enormes masas de agua oceánica se podría alterar la circulación marina y facilitar que entre más agua caliente a la base del casquete polar, acelerando su derretimiento. Al igual que con las demás propuestas de geoingeniería, podría acabar siendo peor que el problema inicial.

Es muy preocupante que una institución reconocida, como el Instituto Postdam, se sume al coro de los proponentes de la geoingeniería –que está bajo moratoria en el Convenio de Diversidad Biológica­–, aun admitiendo que se trata de sacrificar ecosistemas enteros y que los riesgos de fracaso e impactos colaterales son muy graves.

Según el instituto, lo hacen porque aun si se cumplieran las metas del Acuerdo de París, de mantener el aumento promedio de la temperatura a menos 2 grados, la Antártida seguirá derritiéndose y en 200 años Nueva York, Tokyo y otras megalópolis desaparecerán. Plantean que entonces los gobiernos tienen que pensar qué sacrificar.

Pero la pregunta crucial es por qué ante tal gravedad no hacen propuestas igualmente dramáticas para terminar con las causas y parar el cambio climático. Por ejemplo, si el 10 por ciento más rico del planeta tuviera un nivel de vida como un ciudadano europeo medio (muchísimo mayor que el promedio latinoamericano), la emisión de gases de efecto invernadero global ¡bajaría 30 por ciento! (Kevin Anderson,Tyndall Centre)

El principal motor del cambio climático es el capitalismo industrial basado en combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) y los únicos que se benefician son una absurda minoría de países, empresas e individuos ricos. Las propuestas de geoingeniería no son para salvar ciudades, sino para salvar esos intereses. Eso es lo que hay que cambiar, no sacrificar a la Antártida o cualquier otra región.

Honduras: Manifiesto feminista a 10 años del golpe

A diez años del golpe de estado, y de la resistencia feminista, indígena, negra, garífuna y popular
Queridas hermanas, compañeras, cómplices, amigas, amadas

Mientras ustedes preparan sus bolsos, sus mochilas, para salir rumbo a Vallecito, nosotras miramos desde cada territorio el gesto de esperanza que les nace al saber que enseguida llegarán los abrazos, las risas, las canciones, los tambores garífunas, las ceremonias y el fuego de cada pueblo. Quisiéramos decirles que también acá nos preparamos para estar con ustedes, para palpitar cada encuentro, para pensar juntas cómo seguimos.
Diez años atrás nos conmovieron sus llamados: éste es un golpe de estado, nos decían. Y mucha gente descreía que fuera posible un golpe de estado en el siglo 21. Pero ahí andaban ustedes de maestras, en ese laboratorio de los gringos, pero también en ese gigantesco escenario de las rebeldías que es Honduras.
“Ni golpes de estado, ni golpes a las mujeres”, nos dijeron las feministas en resistencia. “Ni golpes de estado, ni golpes a las mujeres”, decimos con ustedes. Y nos duele cada golpe en el continente. Y nos duelen las ausencias. Con ustedes estamos abrazando la memoria de Berta, de Margarita, de Wendy, de tantas compañeras y hermanas que sentimos vivas entre nosotras, y que seguramente estarán en Vallecito, pero a quienes no dejamos de extrañar y de necesitar cada día.
Estamos escribiendo estas palabras para que sientan el calor con que las acuerpamos, para que sepan que nos quedamos con los bolsos armados para llegar en cualquier momento, y que también las esperamos por acá. Que necesitamos que nos cuenten lo que hablaron, lo que pelearon, lo que comieron, lo que quisieron. A diez años del golpe de estado les decimos, como cada jueves en la Plaza de Mayo, que no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos.
Les decimos que la revolución feminista tiene un corazón en Honduras, en esas semillas de Berta que volaron para todos los continentes.
Les decimos que seguimos soñando en la refundación de nuestros modos de ser feministas, plurinacionales, insurrectas, rebeldes siempre.
Berta nos dice al oído: Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.
Y nosotras decimos también, como una promesa, como un compromiso: Somos las nietas de todas las brujas, de todas las machis, de todas las buyei, de todas las hermanas que nunca pudieron quemar, y de las que ardieron en las hogueras del patriarcado capitalista y colonial.
Somos la resistencia. Somos la revolución feminista.
Las abrazamos desde todos los rincones del Abya Yala.

Feministas de Abya Yala-junio 2019

La mujer que se niega a dejar morir las raíces agrícolas de Palestina

Vivien Sansour fundó la Biblioteca de Semillas de la Herencia Palestina con la esperanza de reactivar las plantas amenazadas por la ocupación, el cambio climático y la agroindustria. Por Leila Ettachfini.

Vivien Sansour trabajaba como escritora y fotógrafa en el norte de Cisjordania cuando comenzó a escuchar historias sobre Jadu’I, una suculenta sandía que una vez abundaba en Jenin (Palestina), según lo documentado por agricultores y familiares.

«Todos hablaban sobre cómo dieron a luz a sus hijos en los campos de sandías, cómo en la guerra solían esconderse en los campos de sandías, [cómo] exportaron Jadu’I en camiones cuando las fronteras estaban abiertas antes de 1948, a Turquía,  a Siria, a todas partes”, señaló a Broadly. «Pero cada vez que preguntaba sobre esto, me decían: ‘Oh, estás preguntando algo de la era de los dinosaurio'».

Bajo la ocupación israelí, la agricultura palestina ha sufrido mucho. Un estudio realizado en el año 2015 por las Naciones Unidas documentó los efectos devastadores de la ocupación en la agricultura palestina debido a las «restricciones al acceso a la tierra, el agua y a los mercados; pérdida de tierras por los asentamientos ilegales y el Muro de Apartheid; la demolición de estructuras e infraestructura y el arrancamiento de árboles; las restricciones al acceso a esenciales insumos agrícolas; escasez de crédito para la producción agrícola; inundación de los mercados palestinos con importaciones agrícolas de Israel y asentamientos; y el daño ambiental«.

Durante años, Jadu’I fue considerada entre las víctimas agrícolas de la ocupación, pero esta narrativa de la amada sandía de Jenin no le sentó bien a Sansour. «No podía aceptar que estuviera perdida», explicó. «Me enamoré de la historia de esta sandía». Convencida de que las semillas de la fruta todavía tenían que existir en algún lugar, Sansour fue a buscarlas, principalmente entre los agricultores de Jenin.

En 2014, en medio de su búsqueda, Sansour fundó la Biblioteca de Semillas de la Herencia Palestina, que sirve para «encontrar y preservar variedades antiguas de semillas y prácticas agrícolas tradicionales». Con la biblioteca, el objetivo de Sansour era esencialmente ampliar su búsqueda de la semilla Jadu’I con otras variedades, encontrar agricultores de toda Palestina dispuestos a dar vida a las semillas. «La función principal de la biblioteca no es que las semillas permanezcan en un lugar», comenta. «La función principal de la biblioteca es que las semillas se mantengan vivas en los campos de los agricultores».

Logísticamente, explica Sansour, la biblioteca funciona así:

“Nos acercamos a los agricultores, no esperamos que los agricultores vengan a nosotros. Voy donde los agricultores de que me han hablado o me encuentro cuando estoy en una aldea; Tengo una gran red de agricultores a los que visitamos y les decimos: “¿Te gustaría intentar cultivar esto?”. O bien, nos cuentan cómo solían cultivar algo, pero ha desaparecido, y nosotros les decimos: puede traer eso de vuelta «.

El otro lado de la biblioteca es un espacio físico llamado Arte y semillas, que Sansour está trasladando desde Beit Sahour a su ubicación original en Battir esta semana. Allí, las semillas se conservan en frascos rodeados de arte agrícola y cultural, y las puertas están abiertas al público que desean aprender más sobre la agricultura tradicional palestina y las variedades indígenas.

Dentro de la Biblioteca de Semillas de la Herencia Palestina. Imagen cortesía de Vivien Sansour.

En 2016, seis años después de que se enterara de la escurridiza sandía Jadu’I, Sansour finalmente encontró sus semillas en el cajón de un granjero entre sus destornilladores y martillos. El hombre le señaló a Sansour que había tenido las semillas durante siete años, pero que nadie parecía quererlas. «Fue un momento agridulce, porque, por supuesto, me sentí feliz de haberlos encontrado, pero también me entristeció que ahí es donde hemos llegado para rechazar lo que somos», recuerda Sansour.

En Palestina, la agricultura ha servido como más que un medio para ganarse la vida o conseguir una cena en la mesa; ha llegado a representar una historia nacional y una identidad con orgullo en su suelo y su capacidad de autosuficiencia. El olivo, por ejemplo, ha sido considerado como un símbolo de la resistencia de los palestinos. Sin embargo, en las décadas desde 1967, debido a las restricciones de permisos, los ataques de los colonos, las limitaciones del suministro de agua y más consecuencias agrícolas de la ocupación de Israel, Palestina depende cada vez más de las importaciones agrícolas israelíes. Como resultado, muchos jóvenes palestinos de hoy han reemplazado la agricultura y los alimentos tradicionales con los supermercados israelíes y cadenas como KFC.

Además de las preocupaciones ambientales, la idea de que la sociedad palestina estaba perdiendo sus tradiciones agrícolas fue en parte lo que llevó a Sansour a iniciar la biblioteca. De niña en Beit Jala, Sansour recuerda una de esas tradiciones. «Teníamos una higuera muy grande, así que, durante todo el verano, mi madre las puso en tazones y me envió donde los vecinos para que les dieran higos», recuerda. “Los vecinos, a cambio, llenaron la olla con otra cosa que tienen, tal vez tenían un tipo especial de uva o granada, y nos las enviaban. Fue este intercambio que llenó de abundancia nuestra tierra palestina».

Hace ocho años, Sansour estaba de vuelta en la casa de su familia cuando notó que habían cultivado uvas adicionales. Llenó un cubo y lo dejó delante de la puerta de su vecina. Pasaron las semanas y Sansour nunca recibió el cuenco ni escuchó nada de su vecina, por lo que decidió preguntarle si las había disfrutado.

«Ella dijo: ‘Oh, no sabía qué era eso, así que lo tiré’, recuerda Sansour. “Me dijo que no solo la tradición había desaparecido por completo, sino que nos hemos desconectado tanto con la idea de que compartimos nuestras frutas y verduras. Estaba tan alejada de esta hermosa tradición que pensó que había algún tipo de error. Supongo que en ese momento, uno de muchos momentos, me recordaron que no quiero olvidar de dónde vengo. No quiero olvidar ser fiel y confiar; que la naturaleza proveerá; que la gente seguirá siendo generosa».

A continuación en la lista de renacimiento de semillas de Sansour está el pepino blanco, una variedad que una vez se cultivaba comúnmente en el sur de Palestina. «Sólo como dos, tres familias todavía lo cosechan», explicó. “El año pasado, pudimos involucrar a 20 agricultores en el cultivo de nuevo. Lo que estamos haciendo es traerlo de vuelta a nuestros campos y traerlo de vuelta a nuestro mercado. Así es como realmente funciona la biblioteca: las granjas son la biblioteca».

Este artículo fue publicado, el 8 de marzo pasado, en conmemoración del Día Internacional de la Mujer

Fuente Original: The Woman Refusing to Let Palestine’s Farming Roots Die

Fuente: Leila Ettachfini, Broadly.vice.com / Traducción: Palestinalibre.org

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