GLIFOSATO EN TIEMPOS DE GUERRA

TRUMP LO DECLARA MATERIA DE “DEFENSA NACIONAL” E ISRAEL LO APLICA ILEGALMENTE EN LIBANO PARA DESTRUIR SUS CULTIVOS.

REFLEXIONES SOBRE LA GUERRA, LOS GENOCIDIOS Y LA INSENSIBILIDAD DE LOS LÍDERES AL SUFRIMIENTO HUMANO.

Por

Prof. Dr. Raúl Montenegro, Biólogo

Profesor de Postgrado en la Universidad Nacional de Córdoba, Universidad de Buenos Aires, y Universidad Nacional del Comahue. Director, Campus Córdoba del Right Livelihood College (RLC).Ha sido Profesor Titular Plenario de Biología Evolutiva Humana (Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba), Argentina. Presidente de FUNAM (Fundación para la defensa del ambiente). Recibió el premio Nóbel Alternativo 2004 en Estocolmo, Suecia (Right Livelihood Award), el premio Global 500 de Naciones Unidas en Bruselas (Bélgica), el premio por un Futuro Libre de Nuclear en Salzburgo (Austria) y el premio a la Investigación Científica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (Universidad de Buenos Aires, Argentina).

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La especie humana vive momentos de violencia, insensatez y horror. Hace pocos días el bombardeo conjunto de Israel y Estados Unidos asesinó a 165 niñas en una escuela de Minab, en Irán. Las bolsas negras primero, y las tumbas cavadas luego, una al lado de la otra, no generaron protestas internacionales. No puedo olvidar la imagen de una mochila de color rosa, de la cual salían cuadernos destrozados. Cuando los gobiernos de otros países aceptan en silencio lo ocurrido, o especulan hasta dónde puede ser bueno o malo condenar esa matanza, lo que hacen es convalidar la peor de las barbaries. Y al hacerlo, construyen una impunidad intolerable, naturalizan los asesinatos, y crean las condiciones para que las matanzas, tanto selectivas como masivas, vuelvan a ocurrir. Me resisto a aceptar, cualquiera sea el argumento esgrimido, que la muerte de 165 niñas no cuente, ni merezca juicio y castigo para sus autores. El rostro ancho y enrojecido de Donald Trump, la sonrisa permanente de Benjamín Netanyahu, y su silencio ante el asesinato, son una bofetada para la humanidad. Tan inaceptable como la represión letal de la Guardia Revolucionaria de Irán que, antes del ataque ilegal de Estados Unidos e Israel, dejó miles de muertos en las calles de Teherán. Está claro que distintos pueblos y culturas han dado un exceso de poder a líderes díscolos, fundamentalistas, ineptos para gobernar, e irresponsables. Este es el caso del presidente Javier Milei en Argentina. Además de promover la reforma de la Ley Nacional de Glaciares para beneficiar a las corporaciones mineras y desfinanciar las universidades públicas y la investigación científica, alineó al país con las políticas de los responsables de la muerte de 165 niñas inocentes.

Estos casos, y los de otros presidentes, primeros ministros, reyes y dictadores actuales, revelan cuatro hechos preocupantes: las peligrosas consecuencias sociales y ambientales de líderes que gobiernan con un exceso de poder individual; su control sobre los medios de comunicación, fuerzas armadas, policía y servicios secretos; la complicidad pasiva de quienes continúan apoyándolos, y la ineficacia (o silenciamiento) de mecanismos sociales que permitan controlar las malas decisiones de los gobernantes [4].

Entre tanto horror, descalabro e impunidad internacional, con una organización de las Naciones Unidas muy debilitada, dos noticias recorrieron casi silenciosamente los medios y las redes sociales. Esas dos noticias tienen en común al herbicida glifosato que desarrolló inicialmente Monsanto, y hoy es fabricado por innumerable cantidad de empresas químicas. Una de esas noticias tiene por protagonista a Donald Trump. La otra a Benjamín Netanyahu.

La buena ciencia ha demostrado que el glifosato y su derivado químico AMPA no son inofensivos. Crean riesgos importantes para la salud de las personas que consumen alimentos contaminados, y entre quienes estuvieron expuestos a su aplicación, mecánica o con aviones pulverizadores. También afectan la biodiversidad, y distorsionan el funcionamiento normal de los ecosistemas acuáticos y terrestres. Para la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer, IARC, un organismo dependiente de la Organización Mundial de la Salud, el glifosato es un probable cancerígeno para humanos (grupo 2A). Lo ubican así por debajo de las sustancias del grupo 1, “cancerígenos humanos ciertos”, como el amianto o el arsénico, y por encima del grupo 2 B, “posibles cancerígenos humanos”, como el prohibido DDT o los nanotubos de carbono. En febrero de este año, Donald Trump emitió una “Orden Ejecutiva” que, como tantas otras órdenes autoritarias y técnicamente indefendibles, lleva su firma en tamaño gigante y trazo grueso. Trump declaró al glifosato como material de “defensa nacional”. La insólita declaración beneficia no solamente a Monsanto/Bayer, sino también a todas las corporaciones que lo fabrican, y a quienes lo aplican a mansalva [1] [2]. El Centro de Seguridad Alimentaria de Estados Unidos, una organización no gubernamental que ha iniciado exitosas denuncias judiciales contra Donald Trump y su gestión, indicó que la Casa Blanca Casa “cruzó una vez más otra línea. El presidente Donald Trump firmó una Orden Ejecutiva

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