Biblioteca al paso Artigas, un mundo para compartir

La modalidad de biblioteca al paso no es nueva y tampoco es un invento argentino. Están en Artigas al 2600 desde hace casi un año y rápidamente se convirtieron en un espacio reconocido por vecinas y vecinos. Un lugar para intercambiar libros pero también donde poder vivir la vereda, en este caso de Paternal. La propuesta rompe con la tradicional estructura de las bibliotecas. Aquí los libros están en anaqueles caseros, sin bibliotecario y funciona las 24 horas. Irene y Natalia explicaron en La Colectiva Radio el funcionamiento y los vínculos afectivos que circulan alrededor de la biblioteca

 

La biblio cuenta con anaqueles intervenidos con mucho arte y cariño donde se encuentran los libros en cualquier momento del día o de la noche. Fueron anclados al muro exterior de una de las casas de la cuadra de Artigas al 2600, entre Arregui y Santo Tomé, por supuesto con el consentimiento y la complicidad de la propietaria. Al árbol de la vereda le han crecido alrededor unas tablas de colores con patas que hacen las veces de banco, por si alguien decide aprovechar la sombra y leer en la misma sala de la biblioteca, acompañando la lectura con un buen mate.
Natalia Concina e Irene Visiglia son integrantes de la Biblioteca al Paso Artigas y el sábado 7 de setiembre pasaron por el programa Son&SeHacen de La Colectiva Radio.
“Principalmente es un espacio muy amoroso”, explicó Irene a modo de presentación de la biblioteca. “Se genera o surge a raíz de la inquietud de María Inés, que es la vecina que con mucha amorosidad ofrece la pared de su casa para instalar allí la biblioteca. Nos empieza a convocar a vecinas y a vecinos, con quienes ella ya tenía una relación previa. A lo mejor nos conocíamos por ser padres y madres de la escuela o simplemente por vivir cerca. Y nos empieza a contar que este era un sueño que ella tenía desde hace mucho tiempo. Ella es docente y trabaja en una biblioteca del barrio de Soldati. Su amor por los libros y por la humanidad en general le generó esta necesidad de convocarnos a personas que ella creía que la íbamos a acompañar a armar un espacio de resistencia amorosa. Surge, entonces, como necesidad de salir a encontrarnos con otros y con otras para resistir amorosamente los tiempos oscuros que todos sentimos que estamos viviendo”.
El espacio cumplirá un año el próximo 6 de octubre. No obstante, en tan corta historia ya han tenido anécdotas que conmueven y ya han pasado el desafío de las cuatro estaciones por primera vez. Porque claramente no es lo mismo una biblioteca en la calle en junio que en noviembre. La idea de María Inés prosperó en la vereda, sentados y sentadas alrededor de mesitas que los vecinos sacaron y donde corrió el mate y alguna producción casera para la ocasión. Algunos tenían unos módulos de madera en su casa, otros una lata de pintura y alguien más tenía algo para decorar, más alguna madera descartada en algún contenedor. Así se fueron armando los tres módulos que ahora contienen libros y están empotrados en el muro de la casa de María Inés. Los vecinos y vecinas que decoraron tienen nombres, son Mariana, Diego y Mariano. Vecinos con nombres que se juntan y, como dice Natalia, lo que se genera es una evolución permanente. Alguien tira una idea y esa idea se expande, se replica y termina siendo mucho más grande de lo que había sido originalmente.

En estas bibliotecas al paso cualquiera lleva un libro, lo trae o no lo devuelve y trae otro u otros. Va a contrapelo con la noción de pérdida que se tiene en cualquier biblioteca tradicional si alguien no devuelve un ejemplar. Las hay en varios lugares el mundo y también en varios barrios de nuestra ciudad. El concepto en el que se desarrollan es el de libros libres. Y funciona, porque estas bibliotecas están siempre provistas. “Una sola vez nos sucedió en un hecho aislado y de un día para el otro la pelaron por completo”, explicó Natalia, y consideró que vecinos y vecinas que no son parte del espacio también lo cuidan.
Una vez al mes tienen un evento para convocar al barrio y difundir así la existencia del lugar.

Más que libros

En el espacio se generan vínculos que van más allá de la lectura. En los eventos se comparten cosas ricas y mates o cervezas con alguna picada cuando la temperatura lo permite. Los vecinos se ven las caras, se nombran, se conocen. Estos momentos cuentan con música propia e integran no solamente a quienes han hecho posible la idea de María Inés, sino a cualquier vecino que lo desee.
También se organiza la solidaridad: “Juan Carlos es un señor que vive en la placita que está en Empedrado y Bolivia. Es un señor al que le encanta leer, por lo que es uno de los principales usuarios de nuestra biblioteca, cosa que a nosotras nos llena de felicidad. Juan Carlos tiene problemas de visión. Hasta hace poco tiempo atrás usaba unos lentes que los tenía, literalmente, ataditos con alambre. Observamos esa situación y una de nuestras compañeras, Amalia y otra de ellas, Verónica se pusieron en contacto con alguien que conocían que era oftalmólogo, le consiguieron un turno y con la receta en la mano le hicimos dos pares de anteojos a Juan Carlos”, relata Natalia.
En el relato quedó en evidencia el efecto de red que se generó a partir de la iniciativa, que incluyó a personas que no participan de la propuesta, como el oculista que donó sus honorarios o la óptica que les hizo los dos pares de anteojos al precio de uno. Una onda expansiva de solidaridad que se propone integrar más plenamente a quien vive en situación de calle.

Ambas reconocieron que entre las discusiones que se dan en el colectivo, y el ejemplo de Juan Carlos viene al caso, están las relacionadas con que en este este momento en la ciudad hay necesidades básicas insatisfechas muy marcadas. Y llegan a la conclusión que la cultura, el conocimiento, el ocio o la fantasía a la invita un libro, también son derechos y es a promover ese derecho a lo que han decidido ocuparse hoy.
HyC

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