Una ronda catonga de la memoria

El sábado se realizó en la plaza Aristóbulo del Valle un “Encuentro con la memoria”. Organizado por el Consejo Consultivo Comuna 11 contó con la participación de artistas y hubo testimonios del terrorismo de Estado, algunos inconclusos. La actividad resultó conmovedora y reafirmó, una vez más, la potencia de los encuentros cara a cara

A partir de las 19 horas del sábado pasado y organizado por la Comisión de Derechos Humanos del Consejo Consultivo de la Comuna 11, se realizó en el corazón de la plaza Aristóbulo del Valle un “Encuentro con la Memoria”. El evento formó parte de una serie de actividades previas a la marcha del 24 de marzo, organizadas en decenas de barrios de la CABA. Y también fue parte de las respuestas organizadas por vecinos y vecinas, a la profundización de lo que para algunos es negacionismo respecto al genocidio perpetrado durante la última dictadura militar y para otros una apología del delito, más allá que no tenga en nuestro país, entidad jurídica.

La juntada comenzó un rato antes, pegando pañuelos blancos de papel alrededor del cantero central donde poder dejar mensajes o reflexiones y dibujando o escribiendo frases alusivas en el piso. Con el aporte de bombo y guitarras se fue generando el clima necesario para ocupar el centro de esa suerte de círculo que se había armado y dar testimonios.

Testimonios
Esta vez Lita no trajo su piano eléctrico, vino cargada con sus recuerdos: “Teníamos el pecado de hablar y pensar en escritores latinoamericanos combativos y ser poetas. Éramos trece poetas y trece pintores entre los que se encontraba Noé (Luis Felipe)” Lita refirió que estas experiencias fueron entre los años 1974 y1975, el terrorismo en manos de la Triple A y una docena de organizaciones de extrema derecha: “Nos empezaron a perseguir, tanto es así que crearon el terror porque nos asustaban constantemente”

Las voces se sucedieron en el micrófono: para Mirta, integrante de la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) “La palabra es disciplinar. Al pueblo hay que disciplinarlo para que no piense, para que acate. Por eso lo primero que se ataca es la cultura, la alfabetización, el conocimiento y el pensamiento. Por eso lo primero que se infunde es miedo”.

Delia se presentó como una vecina de Devoto, donde vivió durante siete años, pero del lado de adentro de la cárcel. Luego contó algo, una parte, sobre las condiciones de encierro durante la dictadura.

Marta llegó con una carpeta con hojas amarillas. Guardaba allí lo que se sintió compelida a escribir en clave, porque como sabemos, la dictadura prohibió autores, libros y palabras. “Yo era muy chica, pero era tal el terror que estaba impregnado en cada poro, que escribíamos en metáforas. La poesía es metáfora, pero en la época de la dictadura la metáfora era necesaria” ¿La fecha de la poesía? “La espátula continúa raspando las entrañas de cada uno de nosotros. Cinco años de olvido, cinco años de encierro, cinco años de frustraciones y así es como estamos hoy, ahora, con las manos atadas por el miedo”

Domingo Osvaldo Amato tenía 24 años en marzo de 1978 cuando fue arrancado de su hogar en la localidad de Piñeiro, en el partido de Avellaneda. El sábado, su única hija, Claudina, dejó que aflorara la angustia en el centro de la ronda, en una intervención que culminó con vecinas y vecinos coreando el clásico “30.000 compañeros desaparecidos presentes, ahora y siempre”

Cuando el encuentro estaba a punto de cerrar, Tamara pidió la palabra. Tal vez fueron las intervenciones o el clima que rodeaba cada intervención o simplemente algo dentro de ella que estalló y es suyo y punto, pero lo cierto es que eligió ese momento para contar sus dudas sobre su cuna, “Algo que sabe muy poca gente, lo saben mis compañeros, de donde soy, de donde vengo y adonde voy”.

Criada en el seno de una familia de policías, Tamara explicó que hasta los 15 años fue negacionista. A esa edad ocurrió un altercado con una profesora de Cívica que le cambió la vida. A partir de ahí, el “algo habrán hecho” con el que fue criada se transformó en dudas y en la búsqueda de lo que podría ser su verdadera identidad.

Diez años después, en 2008, recurrió a Abuelas de Plaza de Mayo. Allí le recomendaron registrar su ADN en el banco de datos, pero hasta ahora, la búsqueda no arrojó resultados. “Yo no cambio mi número de teléfono – dijo Tamara – porque tengo…no se si la palabra es esperanza…ese número mío lo tiene Abuelas y yo espero la llamada. Esa llamada que me diga…no se…no tenés nada que ver. O sí”

La de Tamara no es la única historia inconclusa. Los organismos de derechos humanos exigen el acceso público a la totalidad de los archivos desde 1974 hasta 1983, en la certeza de que de esta forma se sabrá el destino de muchos de los desaparecidos en Argentina y además, el destino de bebés apropiados.

Esta actividad, como el resto de las que se llevaron a cabo el sábado, fue el preludio de una de las marchas por el 24 de marzo más masivas de los últimos años y en la que participaron los organismos de derechos humanos, los partidos convocantes y miles de familias con sus hijos, algunos en los hombros y donde se palpitó el mismo clima de serenidad y profunda convicción de que los relatos a contrapelo de lo ocurrido, no tienen destino.

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