Volvió el aislamiento duro

Después del acuerdo entre Ciudad y Provincia, con Nación como árbitro, en AMBA se volvió a una situación parecida a la del comienzo de la cuarentena. La ciudad cerró accesos vehiculares y pasos peatonales y volvió a cerrar negocios de proximidad que hacía 15 días había habilitado a funcionar con protocolo. Los comerciantes barriales afirman que es un empujoncito más a la desaparición y que la propuesta es bancarizar una deuda que no eligieron. En los barrios se acrecienta la solidaridad y el temor de un desborde del sistema de salud. A fin de semana se verán los resultados de estas medidas

Ya debería cambiar de nombre. Cuarentena expresa un aislamiento por 40 días y al día de hoy estamos en 103. De a poco, de a 15 días, se fue extendiendo imperceptiblemente, sin poder proyectar porque no se sabe cuando acaba, mientras el acostumbramiento no llega e impacta en las relaciones intrafamiliares o en la soledad de quienes no comparten hogar. La virtualidad se agota como recurso y las conexiones disminuyen, mientras la totalidad de las publicidades, desde los mal llamados caldos o sopas hasta las propuestas de entretenimiento muestran familias o individuos felices, caucásicos en su mayoría, emocionados de “encontrarse” en una pantalla, sin los problemas que la mayoría enfrenta.
Las preocupaciones crecientes en la enorme franja de trabajadores informales, casi la mitad de los empleos en Argentina, no encajan en ningún estereotipo de cuarentenado y el auxilio económico no alcanza.
Se suma una amplia franja de la clase media que dependía de sus negocios y ve licuar sus ahorros con sus comercios cerrados, mientras las deudas crecen. Para este sector la propuesta es condonar impuestos y el Banco Ciudad ofrece bancarizar sus deudas a la mitad de la tasa que ofrece el Nación. 12%, contra 24%. “Pero me impone las condiciones de cualquier crédito para pagar una deuda que no elegí tomar”, explica un comerciante de indumentaria con más de 30 años en la Avda. Nazca.

No está claro si fue el frío de estos dos primeros días de julio o la llovizna persistente de ayer los que empujaron los carritos y a los trabajadores cartoneros fuera de las calles. Habían desafiado la prohibición de circulación con cierto mirar para otro lado por parte de la Policía de la Ciudad y la complicidad abierta de muchas vecinas y vecinos que volvieron a arrimarles reciclables y algunas otras cosas, como ropas, por ejemplo. Lo que ocurre desde hace muchos años.
Sin la diaria se les complica porque los comedores de los barrios están desbordados. Afortunadamente se han sumado clubes de fútbol de Floresta, Paternal, Villa del Parque a preparar comidas calientes los sábados, juntar ropas de sus asociados o simpatizantes y preparar bolsones con frutas y verduras para el resto de la semana. Racing, Argentinos, All Boys, Comunicaciones muestran colas crecientes cada sábado.

Mientras la ciudad se blinda y cierra accesos vehiculares y peatonales limitando aún más posibilidades de alguna changa, los paradores preparados como barracones, sin intimidad entre infectados, comienzan a mostrar síntomas de fatiga que llegan a la violencia. Y el temor crece. El temor de que algún profesional de la salud tenga que elegir a quien ponerle el respirador y a quien no. El temor que enfermeros y enfermeras, a los que se les negó hace poco más de un año la posibilidad de profesionalizarse, a los que se les desalentó, escaseen justo ahora porque se van enfermando y no hay quien los sustituya.
Habrá que guardarse una vez más y esperar las estadísticas de la semana para saber si frenamos el avance del virus. En paralelo y como ocurre en España, es un buen momento para pensar como defender el sistema de salud pública y la inversión en él, después que pase la pandemia.
HyC

 

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