La flor es la pura forma

16 enero, 2026 por Camila Vazquez
En esta entrega de A favor de la fantasía, intento pensar qué historias y formas podemos copiarle, quienes escribimos, a las flores.
Antes de mudarme a la casa en la que vivo ahora, tenía un cuartito de escribir en el que vivían al menos cinco monsteras. El nombre monstera siempre me pareció muy adecuado porque, con la luz que allí recibían, las plantas hacían su propia selva y se volvían inmensas, monstruosas, avaras. Cuando me mudé, la selva se afectó terriblemente. Tardé meses en devolverles algo de la dignidad de aquella forma, cientos de tratamientos fallidos. La pérdida de su aquel esplendor me trajo mucha tristeza. Llegué a pensar que esta decadencia era una aletargada escena de celos que las plantas de interior me hacían, que ellas conocían mi profundo deseo por tener un jardín afuera.

Los días previos a la mudanza había soñado esto: era la hora azul, cuando aún queda una claridad opaca del sol. Yo estaba en alguna calle de las sierras de Córdoba viendo flores que en realidad nacen en Bariloche. Matorrales. Tenía una cabaña de piedras e invitaba a alguien a comer a mi casa. Pero no era eso lo que yo quería hacer. Entonces, le hacía una trampa a la persona. Decía: esperame que voy hasta el almacén a buscar queso. La dejaba encerrada en la cabaña y me iba a recolectar las flores bajo el cielo azul, previo a la noche definitiva. Las flores: se meten en mis sueños, me celan, me instigan a mudarme. Incluso, a robar.
El hurto floral es una de mis actividades inmorales favoritas. Por ejemplo, frenar en la ruta a arrancar un girasol guacho. Sacarle un gajito a la vecina. Es cierto que, en mi hurto, he sido cruel y torpe con muchas flores que no resisten el trasplante así a lo bruto. Hay, en el gesto de arrancar, robar, regalar una flor, un impulso primario de hambre: la flor despierta una sed. Saca lo peor de nosotrxs. La admiración y la avaricia, la violencia sobre lo bello. Algo así escribió Macedonio Fernández en Tantalia: Ensayaré —me repetía— sin intentar ya amar de nuevo, torturar lo más endeble e indefenso, la forma más mansa y herible de la vida: seré el torturador de esta plantita. Aunque podría aquí hacer un manual de las buenas prácticas vegetales, en realidad, haré otra cosa. Intentaré imaginar que hay, en las flores, un código posible para escribir.

Un guionista sin inspiración, Charlie Kaufman ―Nicolas Cage― se obsesiona con un libro sobre las orquídeas y decide salir de su bloqueo intentando un guion a partir de esa novela. Los protagonistas de esa historia son la periodista Susan Orlean ―una escritora de la vida real interpretada por Meryl Streep― y el ladrón de orquídeas más buscado de la zona, John Larroche. Él y un grupo de indios seminolas buscan en zonas pantanosas la flor definitiva, la orquídea fantasma, una flor en peligro de extinción.
Estoy hablando de la película El ladrón de orquídeas (2003), dirigida por Spike Jonze y guionada por el propio Charlie Kaufman. Aunque a la trama floral quizás le gane, hacia el final, la búsqueda metanarrativa de la película, lo que me interesa aquí son las ideas de sus personajes. Por ejemplo, Charlie Kaufman ―el personaje de Cage― se pregunta en un momento: ¿tienen historias las flores? La pregunta por la trama de las flores lo obsesiona y es esa misma pregunta la que lo hace fallar. Es exactamente esa pregunta la que a mí me interesa. A diferencia de Kaufman, también quiero preguntarme sí, además de historia, las flores traen una búsqueda formal.
Veamos, ahora, un caso que le contesta a Kaufman desde hace muchísimos años. Quiero referirme a La inteligencia de las flores (1907) de Maurice Maeterlinck. Un texto que confirma que no solo hay historia, sino que hay tragedia, romance y masacre en la vida vegetal. Aquí, Maeterlinck escribe con ojo de naturalista y conciencia de poeta sobre el pensamiento de las flores. Es tal su grado de observación que llega a afirmar algo tajante: que las flores evolucionan por imaginación. Que eso que desarrollaron para adaptarse es producto de un sueño primario: faltó una parte, una forma de capturar insectos, entonces lo inventaremos, parecen decir las flores de Maeterlinck. Verdad o ficción, cientista o escritor, su forma de concebir al mundo vegetal me conmueve: para él, las flores son dueñas de un deseo. Exuberan. Su deseo tiene tendencias: pueden gustar de artrópodos o de otras criaturas, como pájaros y murciélagos. Pueden gustar, incluso, de ellas mismas.
Las flores de Maeterlinck son sensuales y macabras: retienen abejas, avispas, mariposas. Son dueñas de miserias y de bajezas morales. La lectura floral de Maeterlinck parece mostrarnos que el deseo es el lenguaje que mueve al mundo, no únicamente a lxs humanxs. Sus flores también son trabajadoras organizadas, doncellas insumisas, capaces de ejecutar alguna revolución: dentro de una misma familia, alguna especie se subleva y cambia un rasgo suyo para evolucionar. Incluso repara en las flores como artistas: su perfume, por ejemplo, no siempre tiene una finalidad específica ―al menos, esto dice él―, ya que lo que atrae a los polinizadores es, justamente, el polen. El perfume es algo simplemente hermoso o pútrido.
Y va más lejos: el autor considera que lxs humanxs copiamos a las flores, que las formas arquitectónicas que buscamos, que algo de su belleza originaria es nuestro modelo. Tanto que llegamos a desear de modos parecidos: tenemos sed del otro, queremos retener y, a la vez, rodearnos de múltiples amantes, somos impiadosxs, vanidosxs, nos gusta sentirnos deseadxs y queremos, tal como observa Maeterlinck, ser llamadxs con la delicadeza que nuestra lengua contornea para referirse a la flor. Para él, los vulgares son los nombres científicos.
La lengua, para decir la flor, se vuelve talismán, reliquia, tótem de una memoria humana víctima de la belleza: en los pliegues de sus nombres, el reflejo mágico de innumerables atardeceres, de innumerables primaveras contempladas por hombres olvidados, como llevan también el recuerdo de miles de emociones profundas o ligeras vividas antes de ellas por generaciones que han desaparecido sin dejar rastro. Y es este punto, en la lengua para la flor, el que quiero subrayar.
Pongamos un caso que le responde a Kaufman y que redobla, sin quererlo, la apuesta de Maeterlinck: la uruguaya y druida Marosa di Giorgio escribió como nadie el deseo brutal que guardan las flores, su no tapujo ante el placer. El incesto entre las rosas y sus criadores, el matrimonio entre flores y animales. Las flores se ofrendan, cautivan, honran a las muertas y, a veces, son las muertas. Marosa encontró que podía escribir con forma y mensaje de flor: Es la noche de las azucenas de diciembre. A eso de las diez, las flores se mecen un poco. Pasan las mariposas nocturnas con piedrecitas brillantes en el ala y hacen besarse a las flores, enmaridarse. Esto ocurre solo con quererlo. Ella creía recibir el dictado de las flores. Sus textos parecen demostrar que sí, que aquel susurro, inventado o no, está en la exuberancia de su prosa, en su sensualidad inconcebible.
Refirámonos ahora a La rosa en el viento (1979) de la gran escritora argentina, Sara Gallardo. Esta es su última novela y la menos respetuosa del género novela. Una trama hecha de personajes que se entrecruzan apenas, marcada por los viajes, los conquistadores, la vida en la Patagonia, las indias, la magia, el deseo y el poder. Pero no es de la historia de la que quiero hablar. El viento, ese gran elemento en la obra de Gallardo, escribe una historia que se disuelve, arrancada del centro neurálgico de la flor, para desperdigarse como pétalos y, acaso, extraviarse. Una cita nos anuncia esta destrucción de la trama y esta forma del desapego en la flor: La rosa que en el viento se destruye deja volar sus pétalos en una luz quemada. Pocos pétalos podemos recoger de esta historia.
Hagamos, por último, una mención al emblemático poema de Gertrude Stein, A rose is a rose is a rose is a rose (1913): una rosa es una rosa es una rosa es una rosa. No me interesa interpretar este aforismo. Apenas lo siguiente: la forma, quizás opuesta a la del viento, en la que la flor se repliega sobre su propio centro. El poema enrollado dentro de sí. Como también advirtió Cerati: al girar mi cuerpo en remolinos/resplandor/ otra flor.
Lejos de una explicación esencialista o mimética, me interesa pensar que algo de este panteísmo vegetal al que me vengo refiriendo puede tener un vínculo lateral con la literatura. ¿Importa si nuestro parentesco con la flor tiene una explicación científica? Si vivimos con ellas, las sembramos, nos conmovemos al verlas, nos desesperamos cuando las hormigas la atacan o el caracol despiadado la subyuga bajo su baba, ¿no estamos, entonces, emparentadas con ellas? ¿No es esto algún tipo de extraño amor?
Dice Maeterlinck que la flor tiende toda entera a un mismo fin: escapar por arriba a la fatalidad de abajo; eludir, quebrantar la pesada y sombría ley, liberarse, romper la estrecha esfera, inventar o evocar alas, evadirse lo más posible, vencer el espacio en el que el destino la encierra, acercarse a otro reino, penetrar en un mundo moviente y animado. Pienso el lazo entre reinos tan disímiles y me resulta difícil no dejarme convencer de que, efectivamente, las flores tienen algo para decir. Y también: un cómo para decir.
La flor es un extremo de la forma: una iridiscencia, un contorno de los pétalos, un centro radioso, una sutileza del perfume. La flor como escuela de la forma. El caso más concreto y menos humano de una apariencia otra. La flor como ficción de sí misma: un universo propio. Una forma del deseo. Una mensajera entre reinos, entre estratos. La flor como una lengua: llevar desde los confines de las raíces un impulso hacia el sol. Imaginar hasta ser, aunque pasen siglos para este movimiento, menos sumisa en la fisonomía: ¿a qué figura romboidal responden las flores? La flor: un centro magnético. Las flores al poder. Somos crueles cuando las arrancamos, pero ellas ejercen sobre nosotrxs otro tipo de dominio: ser hermosas. Obligarnos a admirarlas. ¿Podemos, quienes escribimos, aprender algo de sus inesperadas fisonomías?
Imagino una especie de materialismo floral. Tomar los gestos concretos de la flor. Hacer, desde la flor, algo revolucionario. Quizás estudiar, hasta el hartazgo, una especie de ellas, quizás compararlas, quizás tratar al lenguaje como la flor trata a la evolución: imaginando una forma nueva. Leer en la flor nuestras pasiones y tragedias. Dejar que la flor traiga el mensaje de los muertos, porque tiene, la mayoría de las veces, sus raíces en la tierra. Que el morbo de la polinización ocurra a plena luz, escandaloso. Que las ficciones se arriesguen en sus colores singularísimos, en sus contorsiones y figuras geométricas divinas, en sus hedores. No es para hablar de la flor que hablo de la flor: lo que quiero es copiarle, no únicamente para referirme a ella, sino para tener algo suyo en la forma que cobran las historias.
*Por Camila Vázquez para La tinta / Imágenes: Camila Vázquez.

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