Murió Osvaldo Bayer
En el mediodía de ayer, 24 de diciembre, Osvaldo Bayer colgó un cartelito que dice “Cerrado por duelo” al lado del que da nombre a su casa, “El Tugurio”, y se fue. Se fue para siempre a los 92 años. Lo de tugurio fue idea de Osvaldo Soriano, que le bautizó la casa a fines de los sesenta o principios de los setenta. Historiador, pero por sobre todas las cosas un periodista coherente, Bayer fue autor de numerosas investigaciones. En los últimos años, casi retirado de la vida pública, el tugurio de Arcos y Monroe, en el barrio de Belgrano fue punto de encuentro de miles que acordaban horarios con Rosa, la señora que lo acompañó hasta ayer y simplemente pasaban por allí a compartir un te o un Campari condimentados con miles de historias.
Osvaldo Bayer dejó un legado periodístico que se ha convertido en un par de docenas de libros y cientos de notas publicadas en Clarín y en Página principalmente y otro intangible, aquel que habla de la coherencia con la que desarrolló su profesión. Una coherencia que le permitió escalar posiciones en Clarín, formar parte de su directorio y a la vez, apoyar todas las luchas obreras, incluidas las del sindicato de prensa al que pertenecía. Su propuesta fue siempre dar visibilidad a los silenciados por los medios masivos. Sus investigaciones estuvieron orientadas a contar lo que hoy llamamos “la otra historia”, aquella que queda sepultada por la historia oficial. La Patagonia fue su eje, su centro. Fueron objeto de sus investigaciones las masacres que se produjeron allí, tanto en el gobierno de Hipólito Yrigoyen como anteriores, durante la llamada campaña del desierto. Le puso el cuerpo a incontables luchas y reclamos, hasta convertirse en un referente a la hora de acompañar a los marginados de cualquier tipo.
Estuvo preso en la cárcel de mujeres porteña por haber osado proponer cambiar el nombre de Rauch por el de Arbolito a un pueblo. Esos 56 días de detención formaron parte de su colección de anécdotas. Para esa época, mediados de los sesenta, ya formaba parte de Clarín y paradójicamente a Noble le pareció un buen motivo para un ascenso.
Llegada la dictadura de Videla y compañía, tanto él como su familia tuvieron que emigrar a Alemania. Con la vuelta de la democracia volvió también él a su tugurio, si bien hubo una época en la que decidió vivir en verano y pasaba medio año en Belgrano y otro medio año en Alemania.
En su casa, en su silla delante de una enredadera que abarcaba la pared completa, a su mesa, recibía con una sonrisa y muchas ganas de hablar a quienes lo visitaran. Libros, diarios apilados debajo de una mesa, la camiseta del club de sus amores, Rosario Central, y fotos de diferentes épocas completaban el decorado del patio-recibidor. Se reconocía anarquista pacifista, aunque cuando se le preguntaba por la posibilidad de volver a andar ese camino contestaba que lo veía muy difícil.
Dejó un mundo construido día a día y que será referencia para varias generaciones.
HyC
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