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Dom 25 de Febrero de 2024

El carnaval, “pintarse de negro” y una tradición racista que aun persiste

En los últimos días trascendió que en una de las fiestas de Carnaval de Corrientes se sigue perpetuando la tradición racista de “pintarse de negro”. Una mujer decidió representar a una deidad yoruba pintándose todo su cuerpo de marrón y abrió nuevamente el debate sobre el racismo en nuestro país; en esta oportunidad, a través de los carnavales. 


¿Por qué pintarse de negro es racista? Una vez más, les activistas afrodescendientes nos vemos obligades a contar las historias de invisibilización a la que las elites argentinas (de Sarmiento y Mitre en adelante) nos han expuesto. Seguimos educando a un pueblo que ha crecido bajo la idea de que somos blancos y europeos, y que las tradiciones africanas son extranjeras, o se han “extinguido”. 

En tiempos de la colonia, el carnaval era un momento en que la población afroargentina tomaba las calles con sus tradicionales tambores, bailes, comidas, juegos de agua, esto era visto por la elite como “costumbres bárbaras” que había que limitar. Es más, en la época del Virrey Vertiz, el toque de tambor en Buenos Aires era castigado con azotes y hasta con un mes de cárcel. Ramos Mejía en 1907 escribía que tocaban “un ruido del más desastroso efecto, “imprimiendo al cuerpo movimientos de una lascivia grotesca”. Previamente, entre 1829 y 1852, antes de que fuera abolida la esclavitud en nuestro territorio, se prohibió el festejo, obligando a las comunidades a armar las celebraciones de manera interna, puertas adentro. 

Con Sarmiento vino la época en que empezó a hablarse de que el carnaval “elimina las diferencias sociales”, donde los blancos podían tener “el permitido del qué dirán” y darse la oportunidad del “desenfreno”. En una de las visitas a Estados Unidos, Sarmiento conoció a las compañías que estaban formadas por blancos que se pintaban de negro para “jugar a ser afroestadounidenses”, mostrándolos como personas sin raciocinio, vagas, sin criterio, torpes y exagerando sus rasgos, como la boca, el pelo, la nariz. Prejuicios a través de los cuales se justificó la trata esclavista. Atraído por aquello, invitó a una de esas compañías a Argentina, lo que causó furor entre la élite e imprimió la idea de reproducirlo. Los porteños comenzaron a imitar esa “tradición”. Incluso fue también practicada por afroporteños, abriendo un gran debate dentro de la comunidad que quedó expresada en sus periódicos tradicionales como “La Broma” y otros.

A esa práctica se le buscó también un fundamento histórico, el mismo que imprimó la generación del 80 a lo largo y ancho del país y que pervive hasta nuestros días, que los negros habían desaparecido. La revista Caras y Caretas en 1899 escribía: “Cerrado el período de los candombes por desaparición natural de quienes mantenían la tradición, los elegantes de la época encontraron cómodo y original atribuir un traje de su invención a los pobres morenos candomberos (…)”. Al mismo tiempo que la reconocida revista publicaba esto, los afrodescendientes de nuestro territorio debatían públicamente en sus periódicos el problema de “pintarse de negro” y el rol del tambor en sus comparsas y sociedades carnavalescas. Es decir que no habíamos desaparecido nada. Pretendían condenarnos  a los márgenes. 

¿Y hoy? Lejos de ser historia, éstos dichos y reproducciones se siguen practicando.

Para los actos del 25 de mayo o del 9 de julio en las escuelas a las niñeces se les pinta la cara con corcho para “representar” las personas esclavizadas durante el período colonial. Docentes afrodescendientes y organizaciones venimos luchando en el campo educativo para que esto deje de suceder porque es una práctica que excluye e invisibiliza. Por un lado, porque a todas las escuelas asisten niñes afrodescendientes que ven cómo su piel y sus costumbres de repente son un disfraz, y por otro lado, porque esas representaciones son falaces: ninguna persona esclavizada vendía pasteles, empanadas y escobas alegremente, sino para recaudar dinero y poder comprar su libertad.

Volviendo al presente, hace algunas semanas en el Carnaval Oficial de Corrientes una comparsa decidió interpretar la “lucha por la libertad del pueblo negro” con personajes de las deidades africanas yorubas. Una de ellas, Ochún (Oxúm, Oshún), fue “representada” por una mujer blanca que decidió pintarse todo el cuerpo de negro y ponerse una peluca afro.

La intérprete de este personaje declaró orgullosa que lo hacía con respeto y mostró el proceso de “maquillaje”, contando la historia de la deidad yoruba. Hasta el momento, no ha habido declaraciones de la comparsa Arandú Beleza donde se hayan retractado de esta práctica, incluso luego de que diversas organizaciones de la comunidad afrodescendiente le hicieran llegar el repudio, incluída una denuncia en Inadi Corrientes. Lejos de repensarse, la mujer en cuestión decidió publicar una foto de ella pintada de negro con un percusionista africano migrante para avalar su representación racista. 

Este hecho, aunque intente no ser una representación burlesca como era hace un siglo, tiene impresa esa historia e implica racismo.

El racismo es una estructura política y económica que establece una jerarquía social. Hay quienes por su color de piel acceden a determinados lugares de poder, y hay quienes por ello mismo son condenades a trabajos precarios, al no acceso a derechos básicos y a la subrepresentación en espacios políticos y culturales. Incluso no pueden acceder a las propias tradiciones, como es el toque de tambores o el carnaval en sí mismo. 

Estos últimos pertenecemos a la comunidad afrodescendiente e indígena. Es aquí entonces cuando hablamos de representación, o mejor dicho la falta de ella. ¿Por qué no se convoca a una mujer afrodescendiente para ocupar el lugar de “negra”? O bien, ¿por qué es necesario disfrazarse de “negra” para representar a una deidad africana? Si crecimos en una sociedad que nos ha dicho que nuestro color de piel es sinónimo de pobreza y desinteligencia, hoy también tenemos que ver desde las gradas cómo una mujer se disfraza de nosotras. Desde las gradas, si es que es posible tener el dinero para pagar una entrada. Hoy los carnavales han sido privatizados por la mayoría de los municipios y hay que tener dinero para acceder. ¿Alguien puede entender lo que esto genera en el cuerpo y la memoria de una persona afrodescendiente con conciencia antirracista? 

Se habla de conciencia antirracista porque no por ser negres pensamos todes igual. Esa idea de que si una persona racializada avala determinadas posiciones o lugares, significa que esta bien es también caer en el pre concepto de que como somos negros pensamos las cosas de igual manera: “Si tengo la foto con el negro, ya está”. 

Párrafo aparte merece la discusión sobre la religión que esta comparsa ha decidido “reivindicar”. La religiones de matriz africana que han llegado a nuestros territorios por la resistencia de las personas esclavizadas, han sido catalogadas de “magia negra” o de “diabólicas” perseguidas por los estados católicos, como recientemente ocurrió en el Brasil de Bolsonaro en los terreiros de candomblé y umbandas, incluso llegando a asesinar a personas referentes de esos espacios espirituales. ¿Qué relación hay entre la representación de una deidad por sí misma y la pronunciación frente a estos de violencia? Si no hay ninguna, es porque se cree que es simplemente una moda y no una historia de resistencia que sigue hasta el día de hoy teniendo víctimas. 

 


 
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