En las comunas 11 y 15 ­
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Sab 01 de Octubre de 2022

Claves para entender que la opresión va más allá del género y la clase. Dice Fanon que en la sociedad existen dos zonas divididas por una línea imaginaria: una superior, habitada por poblaciones blancas reconocidas en su humanidad, llamada la zona del ser, y una inferior, habitada por pueblos racializados deshumanizados, llamada zona del no-ser. En la zona del ser, el otro oprimido puede sufrir opresión de clase, género, orientación o identidad sexual, etc., pero nunca opresión racial porque su humanidad le está reconocida. En la zona del no-ser, en cambio, el otro oprimido además de sufrir opresión de clase, género, orientación u identidad sexual, etc., sufre opresión racial debido a que su humanidad le es negada. Por Paula Guerra Cáceres (Pikara Magazine)


Esto hace que la relación entre el yo opresor -que es el mismo en ambas zonas y que está representado por el poder blanco, patriarcal, capitalista y heterosexual- sea muy diferente según estés por encima o debajo de la línea imaginaria, porque mientras que en la zona del ser se produce una dialéctica entre el yo opresor y el otro oprimido, que hace que a estos se les reconozcan derechos sociales, civiles y labores, en la zona del no-ser esta dialéctica desaparece.

Esta teoría fanoniana sobre el racismo entronca directamente con el concepto de blanquitud y el denominado “privilegio blanco”. En la década de los años 30, W.E.B. Du Bois hablaba de cómo las personas identificadas como blancas se beneficiaban psicológica y económicamente del sistema segregacionista estadounidense. Varios años después, en 1975, inspirado por Du Bois y por el movimiento por los derechos civiles, Theodore W. Allen publicaba La invención de la raza blanca, obra en la que acuña el concepto de “privilegio blanco” y en la que compara la situación de los obreros blancos con la de los obreros negros.

Pero fue a partir de 1989 cuando el término se hizo más popular mediante el trabajo de la feminista Peggy McIntosh, cuyo artículo ‘Privilegio blanco: desempacando la mochila invisible’, comenzó a ser ampliamente citado y difundido entre los movimientos feministas y antirracistas de Estados Unidos. En su artículo, McIntosh sostiene que, igual que los hombres gozan de un privilegio masculino, ella goza de un privilegio blanco basado en una serie de ventajas no ganadas, sino adquiridas per se, en el marco de un sistema de poder y dominio que privilegia la blanquitud.

¿Pero qué es exactamente el privilegio blanco?

Volviendo al esquema propuesto por Fanon con su teoría de la zona del ser y la zona del no-ser, podemos afirmar que el privilegio blanco es la ventaja que obtienen las personas reconocidas universalmente como humanas (blancas o leídas como blancas) al momento de acceder a derechos, recursos y beneficios, en comparación con las personas deshumanizadas (no blancas), incluso en aquellos casos en que existen iguales condiciones sociales, políticas, económicas, culturales, de género o identificación sexual.

Habitar la zona del ser permite gozar de privilegio racial y “dialogar” con el poder en tanto ser humano reconocido como tal, mientras que habitar la zona del no-ser implica sufrir opresión racial e impide la posibilidad de diálogo porque aquí este derecho colapsa en tanto persona no reconocida en su humanidad. Y ambas cuestiones tienen implicaciones determinantes en nuestro día a día y en nuestras posibilidades de futuro.

Como bien afirma Reni Eddo-Lodge en su libro Por qué no hablo con blancos sobre racismo, “(…) si eres blanco, es casi seguro que tu raza, de algún modo, ha tenido un impacto positivo en tu trayectoria vital. Y probablemente tú ni siquiera te hayas dado cuenta de ello”. Eddo-Lodge pone como ejemplos de privilegio blanco cuestiones que van desde la “ausencia de violencia ejercida sobre tus ancestros”, a “la ausencia de una vida entera de sutiles marginaciones y alienaciones que te excluyen de la narrativa del ser humano”.

La construcción del ser humano universal

Para aterrizar el concepto en un ejemplo más concreto pensemos en la guerra de Ucrania. Primero vimos cómo se daba prioridad a la evacuación de la población civil blanca ucraniana, dejando en las colas de la frontera con Polonia a personas negras, indias, árabes y gitanas; y luego presenciamos cómo la Unión Europea aprobaba de manera unánime y exprés una medida histórica que permitió la entrada ilimitada de personas refugiadas ucranianas a Europa, lo que incluía el derecho a instalarse en cualquiera de sus Estados miembro y a tener una vivienda, buscar empleo y contar con asistencia médica.

Un trato muy diferente del que se ha dado históricamente a los pueblos sirios, libios, afganos, nigerianos o palestinos, a quienes se abandona a merced del hambre y el frío en los mal llamados campos de refugiados, o simplemente se les deja morir en el Mediterráneo. ¿Qué hace diferentes a unos y otras? Su grado de humanización o deshumanización por parte de la narrativa europea-occidental. Para la historia quedarán los comentarios racistas de tertulianos y reporteras de televisión que sin ningún pudor reafirmaban la diferencia entre personas ucranianas (“gente como nosotros”, “niños rubios y de ojos azules”) de aquellas de otros pueblos que también se han visto obligadas a huir de la guerra.

Otro ejemplo de privilegio blanco es la movilización de recursos institucionales, policiales y comunicacionales que se activan cuando una persona víctima de un delito es una persona blanca, versus el escaso interés o solidaridad que se despierta cuando la víctima es racializada. Fue lo que ocurrió con el caso de las mujeres marroquíes recolectoras de la fresa en Huelva, víctimas de violaciones y abusos sexuales por parte de sus empleadores, cuya historia pasó sin pena ni gloria por los periódicos e informativos de televisión, y a cuya manifestación de apoyo que se organizó desde el movimiento antirracista de Madrid acudimos, básicamente, las personas militantes del antirracismo en la ciudad (con la presencia de alguna que otra persona blanca aliada).

También son ejemplos de privilegio blanco la presencia mayoritaria de personas blancas en puestos de dirección, la brecha salarial entre personas blancas y racializadas (que en el caso de las mujeres racializadas se acrecienta), el acceder a espacios de ocio de cualquier tipo en cualquier barrio, caminar por la calle sin ser víctima de perfilamiento racial por parte de la policía, pasear por un centro comercial o supermercado sin ser perseguido por un guardia de seguridad que está convencido que has entrado a robar, viajar a cualquier país sin miedo a que te paren en los aeropuertos, y tener una historia, cultura y cosmovisión que es parte de la historia universal, cultura universal y cosmovisión universal, y, por tanto, no se ha intentado aniquilar, inferiorizar o ridiculizar a lo largo de los siglos.

«La blanquitud no es un color. La blanquitud es una construcción social»

Para que existan unas poblaciones privilegiadas tiene que existir una contraparte, un otro inferiorizado, que legitime los privilegios de las primeras. Y aquí juegan un rol clave la deshumanización de la que habla Fanon y la construcción de lo blanco como lo universal.

La blanquitud no es un color. La blanquitud es una construcción social, una ideología surgida en 1492 con el relato interesado de la Modernidad, que estableció que las poblaciones no blancas eran sub-humanas (indígenas) o no humanas (personas negras), y que por tanto se las podía civilizar-explotar para obtener beneficios económicos, sociales y políticos. Esta narrativa ha sido cimentada a lo largo de la historia por el colonialismo y la colonialidad del poder, y perpetuada por el capitalismo con su división étnico-racial del trabajo.

La blanquitud es, por tanto, un fenómeno histórico e ideológico, un sistema político que marca racialmente como inferiores a los pueblos no occidentales, a través de marcadores raciales como el color de la piel, la etnicidad, religión, idioma o cultura (situándolos en una zona de no-ser, una zona deshumanizada de no derechos), y que establece lo blanco europeo-occidental como medida de lo humano universal (zona del ser, zona humanizada de derechos) con el fin de mantener la supremacía y los privilegios políticos, económicos y sociales de las poblaciones blancas, es decir, con el objetivo de mantener el privilegio blanco.

Esta ideología de la blanquitud y su brazo armado, el privilegio blanco, son la base sobre la que se levanta el racismo estructural, entendido como aquella estructura de dominación global basada en una jerarquía de superioridad versus inferioridad en relación con distintos marcadores raciales.

Reflexionar y actuar

Una de las mayores críticas que se hace al concepto de privilegio blanco tiene que ver con el desconocimiento de lo que este significa e implica. Tal vez las palabras que mejor reflejan este desconocimiento son las que pronunció en 2020 el político de izquierdas francés, Jean-Luc Mélenchon, cuando afirmó que “las tres o cuatro personas que piensan que [el privilegio blanco] existe nunca han visto a un hombre blanco pobre”.

Y es aquí donde radica la gran confusión sobre el tema. El concepto de privilegio blanco no hace alusión a una vida fácil, exenta de dificultados o de opresiones, sino que define la forma en que la blanquitud no solo no jugará en contra, sino que actuará a favor en todo lo relativo al acceso a derechos, servicios y beneficios, ya se trate de acceder a una plaza de jueza, obtener una beca, tener derecho a voto o caminar por la calle sin temor a que te pare la policía.

Si las personas mestizas a veces “gozamos” de privilegio blanco cuando, en determinados contextos, se nos otorga el beneficio de la duda y se nos lee como blanca, o pseudoblanca, con mayor razón deberían reflexionar sobre este privilegio aquellas personas -sobre todo nuestras aliadas- que se benefician constantemente de él.

En la configuración de las relaciones de poder no solo intervienen el patriarcado (género) y el capitalismo (clase). Tal como se ha indicado, el racismo, a través de la ideología de la blanquitud y el privilegio blanco, es una herramienta estructurante del actual sistema-mundo y si no se reflexiona sobre sus consecuencias, ni se incorpora a nuestras luchas, no estaremos trabajando por conseguir un mundo mejor para todas.

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