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Lun 21 de Octubre de 2019

Las “razas” o “etnias” dominadas de hoy, las mismas que no se pueden expresar libremente en sus lenguas originarias, son las que fueron dominadas cuando comenzó la colonización.  Por esta razón los oprimidos en el mundo del ser no viven la opresión de la misma manera en que se vive en la zona del no ser. Por Francisco López Bárcenas

Presentación

Gabriel García Márquez, el colombiano que en 1982 recibió el premio nobel de literatura, contaba que a sus doce años estuvo a punto de perder la vida, atropellado por una bicicleta; si se salvó fue por el oportuno grito de un cura que al ver el peligro que se cernía sobre él, grito:

-¡Cuidado!

Al grito el ciclista perdió el control de su vehículo y cayó a tierra, inmediatamente el niño Gabriel miró cómo el sacerdote se acercaba a él no para preguntarle cómo se encontraba, sino para festejar su triunfo:

-¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?

-Ese día lo supe, confesaría años después.

Al paso del tiempo los años descubriría que eso no era ninguna novedad, que eso lo sabían todos los pueblos antiguos de mundo, los de Abya Yala también, por eso tenían un dios especial para las palabras. En el año de 1997, en la Inauguración del I Congreso Internacional sobre la lengua española, realizado en Zacatecas, Estados Unidos Mexicanos, Gabriel García Márquez afirmaría que el mundo estaba entrando al tercer milenio bajo el imperio de las palabras; contra viento y marea, sostendría que era mentira que la imagen estuviera desplazándolas como vía de comunicación, que al contrario, se estaban potenciando de muchas maneras: “habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor”. Eso, según él, era un reto que las sociedades de habla hispana debían afrontar. “La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. […] Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo”.

Octavio Paz Lozano, el premio nobel de la literatura en el año 1990, en ese mismo evento, afirmaba que “los hombres somos hijos de la palabra, ella es nuestra creación; también es nuestra creadora, sin ella no seríamos hombres. A su vez la palabra es hija del silencio: nace de sus profundidades, aparece por un instante y regresa a sus abismos”. Poeta como era, no dejó de arrojar metáforas sobre su público: “Las semillas de las palabras caen en la tierra del silencio y la cubren con una vegetación a veces delirante y otras geométrica”;

«[…] el amor a nuestra lengua, que es palabra y es silencio, se confunde con el amor a nuestra gente, a nuestros muertos, los silenciosos y a nuestros hijos que aprenden a hablar. Todas las sociedades humanas comienzan y terminan con el intercambio verbal, con el decir y el escuchar. La vida de cada hombre es un largo y doble aprendizaje: saber decir y saber oír. El uno implica al otro: para saber decir hay que aprender a escuchar. Empezamos escuchando a la gente que nos rodea y así comenzamos a hablar con ellos y con nosotros mismos. Pronto, el círculo se ensancha y abarca no sólo a los vivos, sino a los muertos. Este aprendizaje insensiblemente nos inserta en una historia: somos los descendientes no sólo de una familia sino de un grupo, una tribu y una nación. A su vez, el pasado nos proyecta en el futuro. Somos los padres y los abuelos de otras generaciones que, a través de nosotros, aprenderán el arte de la convivencia humana: saber decir y saber escuchar. El lenguaje nos da el sentimiento y la conciencia de pertenecer a una comunidad. El espacio se ensancha y el tiempo se alarga: estamos unidos por la lengua a una tierra y a un tiempo. Somos una historia».

Dijo más:

«El lenguaje está abierto al universo y es uno de sus productos prodigiosos, pero igualmente por sí mismo es un universo. Si queremos pensar, vislumbrar siquiera el universo, tenemos que hacerlo a través del lenguaje, en nuestro caso, a través del español. La palabra es nuestra morada, en ella nacimos y en ella moriremos; ella nos reúne y nos da conciencia de lo que somos y de nuestra historia; acorta las distancias que nos separan y atenúa las diferencias que nos oponen. Nos junta pero nos aísla, sus muros son transparentes y a través de esas paredes diáfanas vemos al mundo y conocemos a los hombres que hablan en otras lenguas. A veces logramos entendernos con ellos y así nos enriquecemos espiritualmente. Nos reconocemos, incluso, en lo que nos separa del resto de los hombres. Estas diferencias nos muestran la increíble diversidad de la especie humana y simultáneamente su unidad esencial. Descubrimos así una verdad simple y doble: primero, somos una comunidad de pueblos que habla la misma lengua y segundo, hablarla es una manera, entre otras, de ser hombre. La lengua es un signo, el signo mayor de nuestra condición humana».

He citado a estos dos grandes orfebres de la lengua castellana porque sus palabras resultan universales, aplicables a todas las culturas y todos los estados en donde estas se encuentran. Uno no termina de afirmar esto cuando la memoria se hace presente interrogando. ¿Si esa es la condición de todas las lenguas porque con las de los pueblos indígenas no sucede los mismo?

Lengua y colonialismo cultural

Esa situación me lleva a pensar que la razón no es técnica, no obedece de incapacidad de instrumentar condiciones para que las lenguas se practiquen, se transformen y fortalezcan, sino una política que impide todo lo anterior aunque se pregone lo contrario; que comenzando el siglo XXI los pueblos seguimos viviendo en un colonialismo cultural que impide que nuestras lenguas originarias se expresen, relacionen y se desarrollen como las otras, el castellano en este caso, que al tiempo que funcionan como lenguas francas, cumplen un papel colonizador.

Esta situación es una herencia de la colonización europea del siglo XVI sobre Abya Yala y se mantiene porque el capital necesita desarrollar una explotación de mano de obra y de recursos materiales a la vez de clase y étnica. Como se sabe, los europeos invadieron el continente americano en 1492, año en que también expulsaron de su territorio a los árabes, lo que les permitió dominar los mares y ampliar los mercados mundiales y controlarlos. Este hecho histórico permitió que Europa concentrara el poder económico y político para beneficio de una minoría que, con sus matices, se conserva hasta la fecha. Esta concentración de poder establece una relación de dominación directa entre los europeos coloniales y los otros continentes colonizados, que conforme se va consolidando va produciendo discriminaciones sociales que después serán codificadas como “raciales”, o “étnicas”.

Las “razas” o “etnias” dominadas de hoy, las mismas que no se pueden expresar libremente en sus lenguas originarias, son las que fueron dominadas cuando comenzó la colonización. Como alguna vez dijo Franz Fanón, el racismo epistémico y cultural es una línea trasversal que atraviesa las relaciones sociales a escala global, colocando a los sectores dominantes en “el mundo del ser” donde se les reconoce existencia y derechos siempre y cuando se comporten con las reglas dictadas por ellos, mientras a los que no lo hacen se les deja en “el mundo del no ser” sin reconocerles derechos ni existencia. Por esta razón los oprimidos en el mundo del ser no viven la opresión de la misma manera en que se vive en la zona del no ser.

Eso mismo afirma en la actualidad la poeta ñuu savi Celerina Patricia Sánchez Santiago:

«El racismo se incrustó en las venas, en las células y se castigó por cientos de años, se torturó emocional, espiritual y material a las personas. Se lastimó la última parte; la dignidad de las personas, y la lengua es fundamental porque tiene ver con el nombrar la existencia de las cosas, las filosóficas propias, espirituales, y emocionales, cuando no se nombran, uno va perdiendo la relación con su mundo».

Es importante aclarar que cuando me refiero a que vivimos en un colonialismo cultural pienso en que asumimos que la cultura europea, conocida como occidental tiene carácter universal y la nuestra, en todo caso, debe integrarse a ella para enriquecerla. El colonialismo comienza en reconocer a la cultura europea rasgos que no tiene y en desconocer los rasgos importantes de la nuestra. Lo anterior trae como consecuencia que la producción y reproducción de nuestro pensamiento y conocimiento sobre la realidad se haga con las categorías europeas, despreciando o ignorando las propias.

Y no se trata solamente de la subordinación de una cultura -la colonizada- a otra cultura –la colonizadora-. Se trata de la colonización del imaginario, de la penetración del pensamiento colonizador en el pensamiento del colonizado, con el objetivo de que no se piense “otro”, diferente, menos otro “colonizado”. Se trata de sacarlo del espacio donde tienen existencia propia y particular, diferente a la del colonizador, para colocarlo en el espacio del colonizado, donde realmente no tiene existencia, a menos que renuncie a ser lo que es y se asuma como lo que no es. Se le desubica de su lugar del “ser” para ubicarlo en el lugar del “no ser”.

Este colonialismo impacta varias dimensiones del conocimiento. Una de ellas es la forma de conocer, otra es la manera en que se produce el conocimiento, las perspectivas con que se hace, el sistema de símbolos e imágenes que se usan para hacerlo y modos de significación de ellas. De la misma manera impacta los recursos que se usan para producir y reproducir el conocimiento, los patrones e instrumentos de expresión formalizada y objetivada con que se lleva a cabo. Con todo ello las culturas indígenas son vistas como iletradas y de ahí a considerarlas atrasadas solo hay un paso, solo porque se privilegian los patrones de expresión de los colonizadores sobre los patrones de expresión de los colonizados.

Nada de esto es fortuito. Se trata de un sistema de producción epistémico dominante acorde con los intereses de los que controlan el poder político y económico para imponer sus valores culturales a los dominados. La europeización se convierte de una aspiración y cuando los indígenas se europeízan comienzan a participar del poder colonial, pero a cambio de dejar de ser indígenas. Entonces los medios de control cultural se trasforman en medios de control social, donde los dominados se convierten en rehenes de aquello. Con las lenguas indígenas sucede lo mismo: no se crean condiciones para que se desarrollen porque eso abonaría en el empoderamiento político y cultural de sus hablantes. Para escapar de esta prisión las instituciones estatales de nuestros países nos ofrecen diversas puertas que muchos no quieren atravesar porque presienten que son falsas y al hacerlo crean espejismos, donde uno se refleja como lo que no es; otros esperan que alguien los guie para no perderse en ellas.

Las políticas lingüísticas en México

En la república mexicana estas políticas tienen una larga historia. Puede decirse que comenzó con la llegada de los españoles a las tierras del Anáhuac. Los primeros que aprendieron y enseñaron a escribir las lenguas indígenas fueron los misioneros, lo hicieron después de destruir sus formas propias de lenguaje y comunicación escrita: los códices. En 1529 Fray Juan de Zumárraga, el primer obispo de México y segundo de la Nueva España, recordado por haber introducido la imprenta a esta colonia española, hizo transportar la biblioteca de la capital del Anáhuac y el gran depósito de archivos nacionales hasta el mercado de Tlatelolco, hasta formar una gran montaña a la que prendieron fuego. El 12 Julio 1562 en la comunidad de Maní, Yucatán, los pueblos vieron arder sus documentos, imágenes y objetos sagrados como consecuencia de los Autos de Fe pronunciados por el dominico Diego de Durán, como una forma de borrar su memoria y obligarlos a pensar como a los conquistadores les interesaba.

Destruidas las fuentes del conocimiento indígena los frailes y misioneros dominicos iniciaron la gigantesca tarea de recuperar el conocimiento indígena utilizando sus propias herramientas. La mayoría de ellos investigó y aprendió las lenguas indígenas de los pueblos que habitaron las regiones que se les asignaron para evangelizar y en muchas de ellas sus esfuerzos se enfocaron a recuperar el conocimiento de los pueblos a evangelizar pero ya en clave propia. La tarea no fue menor. Gracias a ese esfuerzo se recuperaron muchos de los conocimientos destruidos anteriormente pero ahora en clase castellana; inclusive se enseñó a los indígenas a hablar y escribir el castellano para que ellos mismos pudieran recuperar su conocimiento. Esta labor dio como resultado que mucho del conocimiento recuperado venía ya permeado del conocimiento colonizador.

Consumada la independencia de nuestro país la preocupación por la preservación de las lenguas indígenas siguió con múltiples propósitos. Uno de los trabajos pioneros en este sentido fue el realizado por el historiador Manuel Orozco y Berra, que en 1864 publicó su Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México. Para hacerlo, se valió de los vocabularios y gramáticas que dejaron los frailes que se ocuparon de las lenguas indígenas en el periodo colonial, así como de catálogos de lenguas y de informes de personas conocedoras de la materia. Concluyó que en la segunda mitad del siglo XIX pervivían 182 lenguas indígenas de las cuatrocientas que existían antes de la invasión española. Con estos datos a nuestro alcance, no es ninguna exageración afirmar que en el periodo colonial se practicó un etnocidio, mismo que se ejecutó por efectos de las guerras, enfermedades desconocidas para los pueblos originarios y los trabajos forzados a que fueron sometidos por los invasores. Francisco Pimentel fue otro intelectual criollo que se preocupó por las lenguas indígenas en el siglo XIX. Valiéndose de los trabajos de Manuel Orozco y Berra, profundizó en el conocimiento de las lenguas indígenas y en el año de 1874 publicó su Cuadro comparativo de las lenguas indígenas, afirmando que en la república mexicana existían 108 lenguas y veintiséis dialectos.

Fueron los liberales de origen los que con mayor ahínco defendieron la necesidad de preservar las lenguas indígenas. Uno de ellos fue Juan de Dios Rodríguez Puebla, abogado y político de origen indígena, que defendió la educación a través de la conservación de los bienes y recursos del Colegio de San Gregorio, establecimiento que desde la Colonia estuvo destinado a la formación de los indios. Formó, al lado de José María Luis Mora, parte de primer congreso constituyente de nuestro país. Con ese carácter, en el año de 1824, enfrentó a su compañero de bancada pues mientras Juan de Dios Rodríguez Puebla defendía el derecho de los indios a contar con becas para poder solventar sus estudios, José María Luis Mora abogaba porque desapareciera la diferencia entre indios y no indios y por lo mismo los derechos de los primeros. Su tesón no pudo evitar que los indígenas desaparecieran por decreto, pero sí que se mantuvieran las becas para dos indígenas aventajados de cada uno de los estados del naciente país, para que pudieran prepararse profesionalmente.

Otro liberal que se ocupó del fortalecimiento de las lenguas indígenas fue Ignacio Ramírez El Nigromante. Miembro del Congreso Constituyente de 1856, cuando el asuntó se discutió y la mayoría de los constituyentes se inclinaba por desconocer las lenguas indígenas, tomó la pidió la palabra y entre otros muchos otros argumentos expresó: “Entre las muchas ilusiones con que nos alimentamos, una de las no menos funestas es la que nace de suponer que nuestra patria es una nación homogénea. […] Levantemos ese ligero velo de la raza mista que se estiende por todas partes y encontraremos cien naciones que en vano nos esforzaremos hoy por confundir en una sola”. Además, se refirió a la importancia de reconocer las diversas lenguas indígenas. Sobre ellas dijo:

«También la diversidad de idiomas hará por mucho tiempo ficticia e irrealizable toda fusión. Los idiomas americanos se componen de radicales significativas […] partes de la oración fue nunca o casi nunca se presentan solas y en una forma constante, como en los idiomas del viejo mundo; así es que el americano en vez de palabras sueltas tiene frases. Resulta aquí el notable fenómeno de que, al componer un nuevo término, el nuevo elemento se coloca de preferencia en el centro por una intersucesión propia de los cuerpos orgánicos; mientras que en los idiomas del otro hemisferio el nuevo elemento se coloca por yuxtaposición, carácter peculiar de las combinaciones inorgánicas. Estos idiomas […] no pueden manifestarse sino bajo las formas animadas y seductoras de la poesía».

Al hablar de las luchas de los pueblos indígenas por preservar sus lenguas como medio de comunicación, uno no puede ignorar la labor de Ignacio Manuel Altamirano en este sentido. Indio de origen náhuatl del hoy estado de Guerrero, el mismo pudo estudiar gracias a un programa de becas instaurado en el estado de México –a donde pertenecía el territorio del hoy estado de Guerrero- por iniciativa de Ignacio Ramírez, El Nigromante, de quien fue alumno aventajado. Conocedor de la problemática, tanto por haberla padecido como por haberla estudiado, en 1871, apenas unos años después de restaurada la república, propuso que la educación impulsara la educación bilingüe para que los alumnos aprendieran la lengua castellana sin demérito de la propia. Su idea era que, por encima del mantenimiento del ejército, los lujos gubernamentales, la construcción de edificios públicos y el mantenimiento de empleados ociosos, debería estar la educación. “Sobre todo, como base de esta reforma, es indispensable antes que todo, preescribir la enseñanza general del idioma castellano, para lo cual debe exigirse a los maestros que sepan los idiomas del país, y pagar bien a los ciudadanos que se dedican a tan noble profesión, libertándolos de la tutela de los curas y de la independencia de los ayuntamientos, a cuyo fin puede hacerse compatible la creación de un fondo local de instrucción pública”.

Con el nuevo siglo llegó también la revolución, pero las pretensiones de seguir negando el derecho de los pueblos indígenas a comunicarse en su propia lengua no desaparecían. En el año de 1915, en plena guerra civil, uno de los intelectuales más influyentes entre las clases dominantes, afirmaba:

«La población indígena de México es moralmente inconsciente; es débil hasta para discernir las formas más simples del bienestar propio; tanto ignora el bien como el mal, así lo malo como lo bueno. […] La masa indígena es para México un lastre o un estorbo; pero sólo hipócritamente puede acusársela de ser un elemento determinante. En la vida pacífica y normal, lo mismo que la anormal y turbulenta, el indígena no puede tener sino una función única, la del perro fiel que sigue ciegamente los designios de su amo. […] El indígena nada exige y nada provoca; en la totalidad de la vida mexicana no tiene más influencia que la de un accidente geográfico; hay que considerarlo como integrado en el medio físico. El día en que las clase criolla y mestiza, socialmente determinadoras, resuelvan arrancarlo de allí, él se desprenderá fácilmente y se dejará llevar hasta donde empiecen a servirle sus propias alas. Pero entre tanto, allí queda».

En los programas educativos de la revolución triunfante eran estas las ideas que prevalecían. El profesor Rafael Ramírez Castañeda, al clausurar un curso de formación de profesores, exclamaba:

«Por eso, el primer consejo serio que yo quiero darte es que con estos niños no hagas otra cosa antes de enseñarles a hablar castellano. […] hasta ahora, querido maestro rural, te hemos considerado como un agente valioso de incorporación de la raza indígena al seno de la nuestra, precisamente porque pensábamos que comenzaba tu labor enseñando a los indios a hablar el castellano, a fin de que pudieran comunicarse y entenderse con nosotros los que hablamos ese idioma, ya que ningún interés práctico nos empuja a nosotros a aprender el suyo. […] La vida entera de los pueblos se condensa en el lenguaje, de modo que cuando uno aprende un idioma nuevo, adquiere uno también nuevas formas de pensar y aun nuevas maneras de vivir. Por eso yo considero como cosa muy importante que tú sepas enseñar el castellano como Dios manda, es decir, sin traducirlo al idioma de los niños».

Esta sería la tónica de la política lingüística de nuestro país, hasta que desde fuera llegaron aires que obligaron a introducir cambios en ella.

Instituciones y políticas públicas

Siendo un derecho de toda sociedad que sus miembros se expresen en su lengua originaria y reconociendo que la situación de las minorías políticas, étnicas, religiosas y lingüísticas no podían hacerlo, las instancias internacionales tuvieron que intervenir. En el año 1966 la Organización de Naciones Unidas aprobó el Pacto de Derechos Civiles y Políticos, que en su artículo 27 establecía la obligación de los estados que entre su población contara con minorías étnicas, lingüísticas o lingüísticas de no negarles el derecho de “tener su propia vida cultural, profesar su religión y emplear su propio idioma” A este siguieron otros documentos similares. El estado mexicano firmó y ratificó el convenio, pero no modificó sus políticas en la materia, como si no hubiera hecho.

Cambios sustanciales al respecto sucedieron hasta el año 2001, cuando se reformó el artículo 2° de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos para reconocer los derechos indígenas. Esa reforma reconoció lo que ya se había hecho en 1994: que la nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas. Entre los derechos reconocidos a los pueblos indígenas se encontraba el de una autonomía acotada y como consecuencia de ello una serie de derechos entre los que se enlistaba el de “preservar sus lenguas, conocimientos y todos los elementos que constituyan su identidad cultural”. Dos años después de esta reforma también se modificó el artículo 7° de la Ley General de Educación a efecto de homologarla con el nuevo contenido de la Constitución Federal para establece como fines de la educación “promover mediante la enseñanza el conocimiento de la pluralidad lingüística de la Nación y el respeto a los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas” y asegurar que “los hablantes de lenguas indígenas, tendrán acceso a la educación obligatoria en su propia lengua y español”. La pregunta que muchos nos hacemos es que si la nación es pluricultural porque solo los indígenas quedaban sujetos a una educación de esta naturaleza.

En ese año también se aprobó la Ley General de derechos lingüísticos de los pueblos indígenas, en ella se proclamó a las lenguas indígenas como patrimonio nacional y por lo mismo sujetas a protección estatal; de la misma manera se les reconoció como lenguas nacionales, con validez en todo el territorio nacional, lo que debió ser suficiente para que se usaran válidamente en toda la república. Por si alguna duda quedara de ello, el artículo 19 de la ley se estableció el “derecho de todo mexicano comunicarse en la lengua de la que sea hablante, sin restricciones en el ámbito público o privado, en forma oral o escrita, en todas sus actividades sociales, económicas, políticas, culturales, religiosas y cualesquiera otras”.

Como órgano del estado encargado de que este derecho se hiciera efectivo se creó el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, con atribuciones para diseñar estrategias e instrumentos para el desarrollo de las lenguas indígenas nacionales; promover programas, proyectos y acciones para vigorizar el conocimiento de las culturas y lenguas indígenas nacionales; ampliar el ámbito social de uso de las lenguas indígenas nacionales y promover el acceso a su conocimiento; estimular la preservación, conocimiento y aprecio de las lenguas indígenas en los espacios públicos y los medios de comunicación, de acuerdo a la normatividad en la materia; formular y realizar proyectos de desarrollo lingüístico, literario y educativo; elaborar y promover la producción de gramáticas, la estandarización de escrituras y la promoción de la lectoescritura en lenguas indígenas nacionales; realizar y promover investigación básica y aplicada para mayor conocimiento de las lenguas indígenas nacionales y promover su difusión y expedir a los tres órdenes de gobierno las recomendaciones y medidas pertinentes para garantizar su preservación y desarrollo.

Las entidades federativas no se quedaron atrás. De hecho, algunas ya se habían adelantado aprobando leyes e instituciones en la materia. Es el caso del estado de Oaxaca, que desde el 10 de marzo de 1998 había creado el Centro de Estudios y Desarrollo de las Lenguas Indígenas de Oaxaca, aunque sin ley que ejecutar. Era también el caso del estado de Yucatán que por decreto del estado del 6 de diciembre del 2000 había creado el Instituto para el Desarrollo de la Cultura Maya del Estado de Yucatán; desde el 22 de mayo del 2001 el estado de Veracruz había creado la Academia Veracruzana de las Lenguas Indígenas y el 2 de mayo del 2014 actualizaban sus facultades; el 31 de mayo del 2003 el estado de San Luis Potosí creó el Instituto Estatal de las Lenguas Indígenas e Investigaciones Pedagógicas; el 16 de noviembre del 2005 por decreto gubernamental el gobernador del estado de Hidalgo creó el Centro Estatal de Lenguas Indígenas y el 24 de marzo de 2014 el Congreso de Estado aprobó la Ley de derechos lingüísticos del Estado; el 12 de octubre del 2006 el estado de Chiapas creo el Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas, cuya última reforma es del catorce de octubre del 2011. En el año 2026 el estado de Chihuahua transformó la Coordinadora Estatal de la Sierra Tarahumara en Coordinadora Estatal para los Pueblos Indígenas, facultándola para atender sus derechos culturales, entre ellos los lingüísticos.

Dentro de la institucionalidad creada por el gobierno mexicano para hacer efectivo el derecho de los pueblos indígenas a expresarse en su propia lengua hay dos casos que llaman la atención. Uno es el del estado de Campeche. El 4 de diciembre de 2012 se aprobó la Ley que creaba el Instituto de Lenguas Indígenas del Estado de Campeche, pero la institución nunca se constituyó. El otro es el del estado de Michoacán que por decretó gubernamental del 26 de octubre de 2011 creó el Instituto de Lenguas del Estado; pero a esta medida no siguió la instalación formal de dicha institución y el 23 de mayo de 2017, seis años después de creado, otro decreto lo desapareció sin que nunca entrara en vigencia. Al parecer garantizar los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas que habitan en su territorio no era una prioridad y si intentaron crear la institución que lo hiciera fue más por no enviar una imagen políticamente incorrecta.

A estas instituciones hay que agregar aquellas que tienen dentro de sus funciones la enseñanza e investigación de las lenguas indígenas, dentro de las primeras ubico, a manera de ejemplo, la Dirección General de Educación Indígena, que a pesar de sus cuarenta años de existencia –fue creada cuando en Mexico no se reconocían los derechos indígenas- sigue funcionando como si el tiempo no hubiera pasado; el Instituto Nacional de Educación para Adultos, la Coordinación General de Educación nno enterultural y Bilingüe –que a pesar de sus años de existencia no encuentra su rumbo. A estas hay que agregar instituciones como la Escuela Nacional de Antropología e Historia que imparte de licenciatura en lingüística, el Instituto de Investigaciones Antropologicas de la UNAM, que tambien se ocupa del tema, las carreras de lingüista en diversas universidades del país, las universidades interculturales que deberían ocuparse del tema y entonces la pregunta de porque con tanto estudio y enseñanza de las lenguas indigenas estas siguen desapareciendo.

¿Qué hacer?

Con todo y las deficiencias que pudiera tener, el reconocimiento del derecho de los pueblos indígenas a expresarse en su propia lengua y la institucionalidad estatal para lograrlo no es despreciable. ¿Por qué, entonces, su labor no arroja los resultados esperados? De acuerdo con la Encuesta Intercensal 2015 del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), más de 25 millones de personas en México se reconocen como indígenas, pero sólo 7.4 millones, que representan 6.5 por ciento de la población total habla alguna lengua. Entre las lenguas que se están en riesgo extremo de desaparecer se encuentran: ku’ahl y kiliwa, de Baja California; awakateko, de Campeche; mocho´, de Chiapas; ayapaneco, de Tabasco; ixil nebajeño y kaqchikel, de Quintana Roo; zapoteco, de Mixtepec; y el ixcateco y zapoteco, de San Felipe Tejalápam, en Oaxaca.

Una de las causas reconocidas de esta situación, obedece a que la educación primaria bilingüe no responde a las necesidades de los niños pues de cada diez solo seis acuden a escuelas donde sus profesores hablan su propia lengua, los otros cuatro son atendidos por profesores que hablan castellano o, lo que es peor, una lengua distinta que le impide comunicarse con los alumnos a los que se supone va a enseñar. Dicho de otra manera, de todas las instituciones facultadas para garantizar los derechos lingüísticos y educativos ninguna tiene capacidad de atender los problemas de la realidad. A esto hay que agregar que al menos 20 por ciento de la población indígena monolingüe no sabe leer ni escribir, y se estima que 96 por ciento de los menores hablantes de una lengua nativa que cursaron la primaria tienen problemas para leer y escribir en español porque, aunque muchos maestros son hablantes de su lengua materna, no dominan su escritura y lectura, por lo que no pueden transmitirla a sus estudiantes.

Para el Grupo de Acompañamiento a Lenguas Amenazadas (GALA) integrado por indígenas y lingüistas preocupados por la situación de peligro de desaparecer en que se encuentran al menos diez de las sesenta y ocho lenguas indígenas del país, una de las causas que provoca esa situación es “la falta de una política pública de las instituciones gubernamentales sobre lenguas indígenas”; para ellos las instituciones no solo son incapaces de brindar soluciones sino que ellas mismas se convierten en problema pues -según afirman- “la escuela ha sido uno de los espacios con mayor impacto en contra de las lenguas indígenas”, a lo que hay que agregar que “no existe una educación que valore la riqueza étnica, cultural y lingüística del país y mucho menos a nivel regional, en donde se confrontan hablantes de lenguas indígenas con quienes lo hacen en español”.

Un factor importante para que esta situación se mantenga es el racismo que sufren los hablantes de lengua indígena. En lugar de tomarlo como un capital cultural que le permite convivir entre dos unidos distintos, este hecho se toma como un problema que tiene el portador de la lengua indígena originaria y que debe superar si quiere evitar la exclusión, lo que equivale a decir que deberá abandonar su lengua o, al menos, reducir su uso al ámbito privado, lo que se une el desplazamiento lingüístico generado por las políticas del lenguaje que han implementado las diversas instancias gubernamentales. Finalmente, pesa también la falta de interés de las instituciones gubernamentales para trabajar con los hablantes de alguna lengua indígena que tienen sus propios proyectos.

Proyectos de este tipo hay bastantes por todo el país, entre ellos, Wejën Kajën: el pensamiento Ayuujk, que se desarrolla en la Sierra Norte y la región mixe del estado de Oaxaca; Kaltaixpetaniloyan: casa donde se abre el espíritu es otro ejemplo de organización para recuperar, sistematizar y fortalecer el conocimiento propio que realizan los pueblos masehual y tutunakus en la Sierra Norte del Estado de Puebla, agrupados en la Cooperativa Tosepan Titataniske (unidos venceremos); Ambonhascaquarheparini: caminar en el propio entendimiento es un seminario de la Cultura P’urhepecha, cuyo fin es preparar profesionistas indígenas con capacidad para guiar el desarrollo en sus regiones; y, Ve’e Tu’un Savi: Academia de la Lengua Mixteca, creada con la finalidad de estudiar lingüísticamente el mixteco. Diversos en su origen, composición y participantes, estos proyectos tienen en común que son impulsados por los propios interesados y buscan revitalizar su lengua como medio de comunicación entre ellos y el resto de la sociedad.

Los indígenas contemporáneos, dice la poeta zapoteca Irma Pineda, establecen diversos caminos para reivindicar la lengua: la academia, las artes, la lucha social. La mayoría de sus estrategias están fuera de los ámbitos gubernamentales, muchas veces enfrentados a sus políticas, aunque otras van de la mano, dependiendo de las condiciones en que las reivindicaciones se desarrollen. Lo importante es lograr el propósito, valorizar las lenguas indígenas como el instrumento privilegiado para recrear la propia cosmovisión propia, construida con conocimientos y creencias construidas y acumuladas por siglos. No hay que buscar donde no hay. Para construir una verdadera sociedad multicultural solo hay que voltear a los pueblos interesados en hacerlo. Y apoyar sus esfuerzos.

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